Tres años de buena cosecha

Con la mundialización de las culturas, el blues hace mucho que ha dejado de ser un género exclusivo de Chicago, Texas o Nueva Orleans. Hoy es una música mundialmente difundida y —gracias a figuras como Keb’ Mo’, Norah Jones o John Mayer—, es también un género popular entre las juventudes de todo el mundo. Padre del rock, el blues ha echado raíces en muy diversas partes, adquiriendo sonoridades nuevas en cada rincón en el que se cultiva. En la actualidad es posible encontrar extraordinarios músicos de blues lo mismo en Buenos Aires que en Moscú, en Tokio o en San Cristóbal de las Casas.

En nuestro país, el blues ha sido practicado desde los años 70 por figuras como Betsy Pecanins, Guillermo Briseño, Real de Catorce, Javier Bátiz, Follaje, Nina Galindo y Las Señoritas de Aviñón, por mencionar algunos. Aunque algunos de estos artistas han adquirido renombre internacional, poco se ha hecho desde las estructuras oficiales para fortalecer el ejercicio y la difusión del género. Al principio, porque se le consideraba no sólo como algo ajeno a la cultura nacional, sino que se le cargó el estigma de música extranjerizante. No era solo un problema de idioma: durante décadas, la música que era apoyada por las instituciones de cultura era aquella que no se practicaba con guitarras eléctricas, como si Quetzalcóatl prefiriera el sonido Unplugged. Poco a poco, los artistas mexicanos fueron abriendo brecha y, tanto el blues como el rock fueron ganándose, por mérito propio, los espacios a los que tenían derecho desde su nacimiento. Hoy, el blues en México ha dejado de ser una frágil mata en la milpa. De Polanco a Zacatecas, numerosos encuentros especializados se desarrollan por todo el país, y muchos festivales de otros géneros acogen a las bandas blueseras como representantes de la cultura mexicana contemporánea.

En este contexto, ha comenzado a materializarse una tarea que estaba pendiente desde hace décadas. Las revistas especializadas en blues han comenzado a proliferar en nuestra tierra. Esto es importante no sólo porque permiten llevar un registro detallado de lo que ocurre en la materia (reseñas de discos, conciertos, festivales), sino porque significan espacios donde debatir sobre los rumbos que el blues ha de tomar en nuestra cultura, y esto no había sucedido antes. Al menos no con tanta regularidad y consistencia como en la época actual. No es cosa menor: discutir nuestro blues es discutir quiénes somos y quiénes queremos ser en el futuro. No es sólo una cuestión de lírica: cada vez más fuerte está surgiendo un repertorio en el que los mexicanos se describen a sí mismos, no sólo a través de las letras de las canciones, sino a través de las formas estróficas, los timbres y las sonoridades específicas que el blues está adquiriendo de este lado del Río Bravo.

Porque no debemos olvidar que el blues nació como un fenómeno de resistencia que las minorías oprimidas —los esclavos— ejercían frente a quienes les negaban el derecho a ser ellos mismos. Esa, para mí, es la raíz del blues y del rock, y creo que lo mejor sería apostar porque así siga siendo. No por la vía panfletaria y estridente del ataque a todo lo que huela a oficial, sino por la ruta del ejercicio autocrítico. En la sociedad contemporánea, no resulta sencillo detectar quien es el jornalero y quién el capataz. Ambos pueden coexistir incluso en la misma persona. Pero la combinación de capacidad crítica y pasión que se trenzan en el blues, resultan ser una buena herramienta para deshacer las intrincadas marañas que teje la modernidad.

Hoy estamos de fiesta. Que en su tercer año de existencia la revista Cultura Blues haya sido merecedora de un apoyo institucional como el FONCA, habla de que el trabajo se está haciendo en el rumbo correcto. Inicialmente concebida como un esfuerzo entre amigos por impulsar su música favorita, Cultura Blues ha dejado de ser sólo una revista para convertirse en un foro múltiple: publicaciones, conciertos y discos colectivos llevan ya su sello.

No lo hacen con afanes lucrativos (la distribución de la revista y los eventos son casi siempre gratuitos), es un genuino esfuerzo de divulgación de otra manera de ser mexicanos. Difundir el blues es proponer y promover identidades alternativas. Ampliar los horizontes de la vida.

En el nombre, la revista declara sus principios: el blues no es sólo una música, es toda una cultura, una cosmovisión. Y la cultura no es sólo sus productos, sino el modo de elaborarlos: el pulque es cultura como es también el modo de prepararlo, lo mismo sucede con la poesía o las canciones. Así, aunque la cuna del blues sea el Mississippi, el blues contemporáneo es también irrigado por los canales de Xochimilco, el Papaloapan y el Río Santa Catarina.

Tres años ya, más de mil días on the road. Enhorabuena por el tercer aniversario de Cultura Blues y por quienes, desde el principio, han comandado este esfuerzo: José Luis García, Alfredo “Freddy” Reyes, María Luisa Méndez y todo el equipo de colaboradores y amigos que hacen posible que, mes con mes, suene ante nuestros ojos esta alternativa. Van para ellos mis mañanitas:

El blues es piano y armónica
es guitarra y es lamento
pero es más que echar al viento
una escala pentatónica.
Es entonar nuestra crónica
sin miedo y sin muletillas
y olvidar las pesadillas
que nuestros sueños carcomen
porque el blues también se come
con jalapeño y tortillas.

Es más que doce compases
dando vuelta en su estructura
el Blues es también Cultura
rebelión, lucha de clases.
No es un baile de disfraces
ni es un orgasmo fingido:
es grito del oprimido
o murmullo a media luz
y en México, nuestro blues,
también tiene ese sentido.

Es un solo improvisado
con una strato tejana
y es la canción de mañana
recuperando el pasado.
Es dar, no pedir prestado
de otros lo que no se tiene,
y es la cosecha perenne
de nuestras milpas y flores
porque en México, señores
¡cantar el blues nos conviene!

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