Un blues para el Gabo

“La nostalgia comienza cuando termina un disco de los Beatles”. Con esta frase iniciaba un intenso artículo escrito por Gabriel García Márquez poco después del asesinato de John Lennon.
Porque efectivamente, amén de sus dotes literarias, periodísticas y humanas, el Gabo era un melómano consumado, un admirador de todo tipo de música, popular, rock y de todas las demás. La muerte de este hombre me revivió muchas fibras personales.

 

Me remontó específicamente a mis dieciséis años, cuando comencé a estudiar el bachillerato, cuando comenzaron a afianzarse mis gustos fundamentales, mi conocimiento acerca de las mujeres, las elecciones de la música y por supuesto, la literatura latinoamericana.

García Márquez, para mí, tiene el sabor de la memoria, de las disertaciones de aquellas primeras clases de ciencia política en el C.C.H Azcapotzalco, tiene el sabor a Macondo antiguo, pueblo triste, atemporal como la grandeza y el sufrimiento de nuestros pueblos. El estudiante que era yo en aquellas fechas, como todo el que se jactaba de ingresar a una universidad pensante, debía entrar en contacto con aquello que significase contra cultura, por ejemplo las canciones de trova cubana que entonces rifaban.

Y era menester conocer de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés, Amaury Ponce, y juntarse en las horas libres en las explanadas y en los jardines, y saber la letra de “Yolanda” y “Gracias a la vida”, “La niña de Guatemala”, “La casita” y por supuesto “Macondo” en la versión de Óscar Chávez, sin olvidar la interpretación suya de “Por ti”.
 
Lo anterior no constituían reglas rígidas o inamovibles para los estudiantes de nuevo ingreso, quien deseara seguirlas lo hacía. Yo participé de buen grado en ellas, aunque si he de ser honesto, la nueva trova cubana y su visión romántica que imperaba en la escuela nunca fueron santo de mi devoción. Lo que de verdad agradezco fueron las sugerencias de los profesores para que leyésemos buena literatura y poesía, las cuales se fueron decantando hacia autores de habla hispana, muchos de ellos agrupados bajo la etiqueta del “boom”.

Recuerdo la emoción producida luego de la lectura de “Las batallas en el desierto”, de José Emilio Pacheco, y la visión nostálgica de aquella ciudad desolada en “La región más transparente”, de Carlos Fuentes. “Rayuela” de Cortázar me pareció magia pura en cada párrafo y en cada frase trazada, ¿cómo es que ellos podían escribir de esa forma?, con esas metáforas y esa imaginación desbordante, tan tropical, calurosa y llena de vida. “La casa verde” de Vargas Llosa refrendó mi admiración por esa clase de escritura tan extraña.

Como un muchacho que iniciaba en la vida, la lectura de estos hombres alimentó mi imaginación más allá de la dictadura de las clases formales y de la tarea de haber leído dichos textos para merecer una calificación.

De ese tiempo fue “Cien años de soledad”, en una edición muy viejita, creo que la original. En la portada aparecía un barco, una carabela española que iba cruzando un exuberante mar de árboles tropicales. Todo en este libro me cautivó, los personajes que habitaban Macondo, el realismo tan mágico en la manera de relatarnos sus  dichas y desventuras, la certeza de que muchos países de América Latina reproducimos la dura realidad que agobia a este pueblo y a su gente.

Seré sincero, al enterarme de la muerte de García Márquez, me puse triste, con una tristeza que se siente cuando uno de nuestros antiguos camaradas se aleja para siempre, y con él se va parte de nuestra vida preparatoriana, con sus canciones, sus aventuras, su mundo propio.

También en aquellos años se afianzó mi gusto por el blues, gracias a la compra exhaustiva que comenzaba a hacer de discos elepés, casetes, revistas especializadas, a los grandes festivales realizados en mi demarcación, que por pura suerte pude ver en vivo a Magic Slim, Muddy Waters, Big Walter Horton, Willie Dixon, Sunnyland Slim, Eddy Clearwater, Carey y Lurrie Bell y tantas otras grandes figuras.

Por eso, hoy quiero ofrecer un blues por Gabriel García Márquez, retomando una de sus canciones homenaje, y brindo con admiración por su literatura y por la de todos aquellos hombres, que constituyeron mi marco de referencia para asomarme a la literatura y a la música. Mariposas amarillas que vuelan liberadas.

 

Los cien años de Macondo sueñan,
sueñan en el aire,
y los años de Gabriel Trompetas,
trompetas lo anuncian,
encadenado a Macondo sueña,
don José Arcadio,
y aunque él la vida pasa haciendo,
remolino de recuerdos.

Las tristeza de Aureliano, el cuatro,
la belleza de Remedios, violines,
las pasiones de Amaranta, guitarras,
el embrujo de Melquiades, oboes,

Úrsula cien años, soledad macondo,
Úrsula cien años, soledad macondo

Eres, epopeya de un pueblo olvidado,
forjado en cien años de amores a historia,
eres epopeya de un pueblo olvidado,
forjado en cien años de amores a historia,

Y me imagino y vuelvo a vivir,
en mi memoria quemada al sol,

mariposas amarillas,
Mauricio Babilonia,
mariposas amarillas, que vuelan liberadas,
mariposas amarillas,
Mauricio Babilonia,
mariposas amarillas, que vuelan liberadas…

 

La canción Macondo se adjudica al cantautor Óscar Chávez quien la presenta en su álbum “Enjaulado: Óscar Chávez canta América Latina” en 1972, pero es de la autoría del peruano Daniel Camino Diez Canseco. Nota del editor.

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