Apuntes para escribir un blues. Dos litros de whiskey

Martín Javier Pérez Páiz – Foto: Octavio Espinosa

A Martha
A “Freddy” Reyes

Ciudad de Puebla, centro histórico, café-bar chelero a un costado de la Universidad, viernes en la noche pero fin de quincena, poca clientela, dos locos deprimidos que tocan blues y algo de rock urbano y rupestre -¡ten piedad de nosotros!-, todo se había amalgamado para propiciar una tocada  sin pena ni gloria.

Casi dos horas de aullidos, guitarrazos y armonicazos, sin dar ni pedir cuartel a los pocos estudiantes y locos que se obstinaban en permanecer en el rústico y reducido espacio formado por seis mesas, la barra y el rincón donde se apretujan los músicos para tocar, tratando de no caerse del pequeño templete, ni golpearse con los atriles y amplificadores.Falta poco para terminar la segunda tanda, desconectarse, tomarse un café o una cerveza según el humor, despedirse del camarada guitarrero e irse solitario a casa una vez más (maldita sea).

En eso, entra un grupo formado por tres mujeres y un hombre, que se acomoda en la mesa de la esquina. Una de ellas me llama la atención: cabello largo, ondulado, suelto, salvaje, actitud retadora, enfundada en mezclilla; ¡hey, aquí tenemos algo bueno!, se ve muy bien.

“Lleva a cuestas las heridas
Que de la vida recibió
Cabellera orgullosa por delante,
Entra desafiante al bar.”

En esos momentos, por la atmósfera nocturna del bar y la distancia que nos separaba no pude ver muchos detalles de su fisonomía. Aun así, la vi hermosa, muy hermosa en su altivez, en su actitud desenvuelta y agresiva. Tiempo después, cuando pude verla a la luz del día, me di cuenta de lo claros y hermosos que eran sus ojos.

“Cuidado con sus claros ojos
Podrían en su red atraparte
Si te hundes en la miel de su mirada
Ya no podrás escapar.”

Una vez acomodados en la mesa y después de haber ordenado sus bebidas, los visitantes se concentraron en la rola que estábamos tocando. Cuando terminamos la canción, escuché una voz femenina gruesa y enérgica alzándose entre el murmullo del bar: ¡Bravo, muy bien! Tocamos dos o tres rolas más y nos despedimos. Otra vez surgió la voz, esta vez imperativa, ordenando: ¡Otra, otra, toquen “Azul”! Tocamos por segunda vez la rola del maestro José Cruz, pues ya la habíamos tocado antes de que la mandona mujer y sus acompañantes llegaran.

“Se sienta y pide cerveza
Y whiskey  con su gruesa voz
Te  gritará que la complazcas
Cantándole al corazón.”

Cuando acabamos y comenzamos a desconectar, otra vez la gruesa y estentórea voz se hizo presente: ¡Otra, son bien fresas, tocaron muy poco! -Más bien ustedes llegaron tarde, hay que venir más temprano-, le respondí. Se escucharon risas entre los acompañantes de la inconforme. Ella  se quedó asombrada por un momento de mi osadía, y después de repetir que éramos bien fresas, procedió a ignorarnos y a tomar su cerveza. En cierto momento, mientras desconectábamos cables y equipo, se puso de pie y se paró en la entrada del bar mirando a lo lejos. ¡Qué bien le quedaban la chamarra y el pantalón de mezclilla que llevaba!, y ese aire ausente que adoptó, ajena por unos momentos a lo que pasaba a su alrededor.

“Rebeldía color de mezclilla
Jamás querrá medias tintas
Te ignorará si no la complaces
Si le halagas brindará a tu salud.”

Cuando terminamos de guardar todo, mi compadre David se despidió y se fue. Yo me quedé a tomar un café y aproveché para ir a la mesa de la chica y darles una invitación para una tocada que íbamos a tener la siguiente semana, junto a los amigos del grupo Híkuri, en la presentación de  su primer disco. Me ofrecieron una cerveza y me invitaron a  sentarme con ellos. Decliné la invitación.

Me salvé. Quién sabe cómo hubiera salido del bar de haber aceptado, ya que con el tiempo pude conocer las dotes etílicas de la dama en cuestión; aunque aquí entre nos, sí me hubiera gustado quedarme con esa mujer extraña y arrogante; pero debo confesar que le tuve miedo esa primera vez. -Qué nenorrito fuiste, Martín-

“Si te sientas a su mesa
Y a su ritmo quieres beber
Pronto perderás la conciencia
Ella te verá caer.”

A lo largo de las siguientes semanas, ella no volvió al bar, aunque dos de sus acompañantes de esa noche, sí.
Era una joven pareja que repitió sus visitas a nuestras tocadas varias veces. Les hicimos la plática y me di cuenta que la muchacha se parecía a la misteriosa mujer que ya para entonces, era un motivo de inquietud para mí. Se trataba de su hermana. Supe que la dueña de esa voz tan singular se llamaba Martha Leticia. Le mandé saludos con su “sister”. Aun así, no volvió.

Pasaron más de dos meses y el primer viernes de septiembre, con el bar lleno, a reventar, ella regresó, acompañada de su hermana y el novio de ésta. Volví a escuchar su voz alzándose por encima de los gritos, las conversaciones y la música: “¡Bravo, qué bien!… ¡Azuul!…”

Fue una noche de locos; había mucho barullo y ambiente. La gente estaba prendida, las cervezas circulaban sin parar entre las mesas. Una pareja extranjera  -creo que eran franceses-, tomaba sin parar a un lado del escenario; nos invitaban a irnos con ellos después de la tocada; la chica quiso ponerse en pie y fue a dar al suelo cuan francesa era.

Yo tenía otros planes. Terminamos de tocar y esta vez no desaproveché la oportunidad. Abriéndome paso entre las mesas y los borrachos, me senté a la mesa de Martha. Conversamos mientras tomábamos una chela. Desde antes de llegar al bar, ella ya traía sus copas encima. Me contó acerca de su profesión, de su trabajo  como profesora disidente en un colegio particular y de su esfuerzo por cambiarles la perspectiva y abrirles a los ojos a la realidad del país, un país que se quiebra, a sus burgueses alumnos; también habló del proceso de separación en el que se encontraba; una relación que nunca funcionó pese a todos los años soportados.

“Aunque es dura como piedra
Ella tiene el alma quebrada
 Sin esperanzas sin creer en nada
Se refugia en esta tonada
Dos litros de whiskey
Dos litros de alcohol
Dos litros de olvido
Que calienten como el sol.”

Estaba frustrada, enojada con la vida y con su vida; apretaba los labios; de sus ojos brotaron dos lágrimas que recorrieron su rostro y sin embargo no hubo ningún sollozo, ni un temblor en su voz, esa voz sensual, ahora indignada y desesperanzada. -Me gustas-, acerté a decirle mientras la miraba a los ojos. -Y tú a mí-, respondió.

“Hoy se agolpan las tristezas
Hoy no se soporta el dolor
Asalté el silencio de sus labios
Hoy la inundé con amor.”

Salimos del bar, nos tomamos de la mano y caminamos en silencio hasta llegar al boulevard 5 de Mayo; cruzamos hasta el amplio camellón lleno de árboles y plantas. Súbitamente se detuvo y me besó. Sus besos sabían al vino más fino que hubiera probado antes…

Lo que siguió es tema de otro blues, pero nos lo podemos saltar y les puedo confiar el desenlace del episodio, no el fin de la historia, pues ésta aún sigue, y espero que no termine hasta que me muera…

“Mis noches ahora están llenas
Del lamento dulce del placer
Y de botellas muy grandes de whiskey
Estoy perdido por esta mujer
Dos litros de whiskey
Dos litros de alcohol
Dos litros de olvido
Que calienten como el sol”

Cultura Blues

Revista dedicada a la difusión del Blues en México y el mundo.

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