La vez que conocí a Mick Taylor

Aquella noche en el antiguo Salón 21, en la mesa estábamos sentados Alberto Reyes y su señora, mi compañero periodista Israel y yo. En otras mesas recuerdo que estaban Víctor Méndez, el Trini, Mario y un bigotón cuyo nombre no recuerdo pero que vende cosas en El Chopo. La totalidad de los demás asistentes en el foro eran puros aficionados de los Rolling Stones, una comunidad concreta en esta parte del país, cuyos rasgos son el aferre y la camaradería. Todos asistíamos convocados por una leyenda: Mick Taylor y su alto kilometraje dentro de los caminos del blues inglés. Agosto del 2001.

Horas antes me le había podido escapar a mi novia, no sin salir raspado de sus reproches: «De seguro te vas a ir de fiesta con tus amigotes, hoy es viernes social, no te hagas, a otro perro con ese hueso». Con la promesa de llevarle alguna prueba que confirmase el evento, me lancé al lugar que hoy se llama Salón Cuervo, ubicado en las orilllas de Polanco.

Llegué y me sorprendió la cantidad de gente merodeando, muchos con camisetas y chamarras con imágenes impresas de bocas abiertas y lenguas de fuera, discos piratas acomodados en la banqueta, tazas decoradas a la manera Stone, botones, posters, carteles y los inevitables coyotes de la reventa.

Quizá me equivoque pero me dio la impresión, aquella vez, que la fanaticada Stone se integra básicamente por personas maduras, como yo, a diferencia de su contraparte Beatle, en la que he podido observar claramente a niños y adolescentes; en fin, eso no importa. Como es habitual, en la calle identifiqué a mis amigos y entramos juntos para encontrar un buen lugar. Me dio gusto compartir la mesa con Alberto, de los mejores coleccionistas de blues y amigo de verdad. Cuando lo conocí, años atrás, tenía una bien ganada fama de tener todo lo relacionado con Eric Clapton, pero lo mismo se podía decir con respecto de Peter Green, Fleetwood Mac, John Mayall y por supuesto Mick Taylor.

Mucho del material que aún poseo de ellos, fue conseguido gracias a la intervención de Alberto Reyes. En un viejo artículo escrito por Pepe Návar para la Revista de la UNAM, a propósito de los personajes del Chopo, lo recuerda con el sobrenombre de El Clapton, su gran ídolo, a tal extremo que a sus hijos, niña y niño, les puso los nombres de Layla y Eric.
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De niño genio a adulto serio

Es una obviedad recordar a los grandes guitarristas que salieron de los Bluesbreakers. Cada cual con un estilo definido, que sirve para que los fanáticos polemicen largamente sobre quién es el mejor. En este rubro Mick Taylor tiene una ventaja sobre Eric y Peter: grabó más discos. Los dos primeros aparecieron, cada uno, en un disco oficial con la banda de Mayall, pero dejaron regados muchos sencillos y grabaciones en vivo. Taylor, por el contrario –quien tenía 17 años cuando pisó un estudio de grabación-, apareció en al menos cinco álbumes oficiales y en otros tantos sencillos y rarezas que cada cierto tiempo se reeditan.

En una mañana de 1969 Mick Jagger le echó un telefonazo a Mayall. Le expresaba el deseo de que su último descubrimiento, ese joven rubio que parecía no matar una mosca, ingresara a la filas de los Rolling Stones para suplir al malogrado Brian Jones. Un concierto en directo en Hyde Park se aproximaba y en los estudios se daban los últimos toques a Symphaty for the devil. A su vez, John Mayall meditaba seriamente en darle un giro a su carrera, estaba cansado de que sus mejores miembros, apenas alcanzaban fama, le abandonaban, y además estaba seguro de poder fusionar nuevos ritmos con los sonidos tradicionales del blues, como ya lo había esbozado en Bare Wires. Los astros, pues, se alineaban.

En reiteradas ocasiones Taylor ha señalado que los Stones nunca se escucharon tan bien en directo como cuando él los apoyó. Creo que tiene razón. El primer aviso ocurrió precisamente en Hyde Park, ese mítico concierto dedicado a la memoria de la Piedra Bluseante, con mariposas blancas cruzando el cielo azulísimo y una multitud exacerbada siguiendo cada uno de los movimientos del sacerdote de los labios gruesos, el reventadísimo Jagger. Quedaba en claro que Richards llevaba siempre la mano en cuanto a solos, cumplidor como siempre, pero detrás había un gigante del slide, un chamaco que sin hacer tantos aspavientos revestía con infinidad de ambientes el sonido Stone. Siempre le ha gustado improvisar con su talento.

Se afirma que Jeff Beck rechazó unirse con Jagger y compañía pero Taylor no desaprovechó la oportunidad, contribuyendo a su época más gloriosa, la de la primera mitad de los setenta, que produjo obras como Sticky Fingers o Exile on Main Street. También participó como co-autor en Swan, aunque sus ex compañeros nunca lo reconocieron. Guardadas las proporciones, Taylor era como el “Harrison” de sus Satánicas Majestades, el invitado de piedra, siempre reservado y sin mostrar ningún tipo de sentimiento.

El álbum que yo considero su testamento es Get Yer Ya Ya s Out, grabado en el Madison Square Garden de Nueva York, redondo de principio a fin, el cual nos muestra a un guitarrista en total plenitud, potente y mesurado a la vez, rapidísmo cuando es necesario o finamente sentimental en el caso de Love in vain, la mejor interpretación que alguien haya hecho del clásico de Robert Johnson.

La nueva década trajo problemas para los Stones. Su contrato con la Decca expiraba, les tocaba además el pésimo honor de haber presenciado el asesinato de un chico durante su actuación en Altamont, y para colmo el abuso en el consumo de drogas ya pasaba factura. Pese a todo seguían funcionando y sacando grabaciones; Brown Sugar y I Got the move son los mejores ejemplos de aquella época. Pero un buen día, sin mediar explicaciones, Taylor dejó a los Stones en 1974. Se especula que decidió bajarse de ese tobogán peligroso, inmerso él mismo en problemas con heroína. Otros aseguran que ya estaba fastidiado de no ser reconocido por sus compañeros de acuerdo a sus verdaderas aportaciones.

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En todo este tiempo, el inglés nunca ha ofrecido una versión definitiva sobre su salida, pero tampoco quiere aclarar su situación: “No recuerdo precisamente por qué lo hice. Suelo tener muy buena memoria, excepto de esa época”, respondió en una carta dirigida a un periódico español. Entrevistarlo es una misión imposible. Siempre delega responsabilidades en su manager, quien establece varios filtros en materia de entrevistas, las cuales siempre terminan en faxes tachoneados y sólo visibles en las peguntas acomodadas para las respuestas del inglés.

Tras emigrar de las Piedras se fue a grabar con Mike Oldfield, Bob Dylan y Jack Bruce. Ocasionalmente compone melodías o se sienta al piano frente al ventanal de su residencia. Pero lo suyo es, y será siempre, la lira. Cuando llegó para presentarse en el Salón 21, tras de sí contaba con tres discos de estudio y una buena cantidad de conciertos por todo el mundo, algunos a invitaciones expresas de gente como Mayall, James Harman, Jagger o Dylan.
Reconocer el talento

“Qué raro se ve, gordo y panzón. Ya no es el guapito de antes”, dijo una muchacha colocada a mis espaldas, admirada de los estragos que el tiempo refleja en el inglés. Vaya comentarios. “Pero en qué cosas se fijan –repliqué internamente- fíjense mejor cómo su talento sigue intacto para tocar guitarra, maestro Taylor reviéntese Oh Pretty Woman”. Le acompañaban bajo, batería y teclados, un grupo discreto que se conformaba con apoyar el arsenal sónico de Mick, que por momentos –y para deleite del respetable- suena a B.B. King, en otros a Otis Rush, Charlie Christian y hasta Jimi Hendrix. Sí, el rasgeo incial de Red House sirvió para que Israel y yo dejásemos nuestro lugar, y nos acomodáramos en el piso, cerquita de Taylor.

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Grave error, el personal de seguridad nos regresó de nuevo a la mesa, ajeno a esa puntada inofensiva que buscaba solamente la proximidad con el ídolo. Tanto lo conocíamos en discos, rolas y videos, que la proximidad equivalía simplemente a admirar de cerca el talento de un cuate entrañable. El concierto transcurrió excepcional, arropado con aplausos y muestras variadas del cariño que el público Stone manifiesta hacia una de las Piedras. Lo que de plano no me gustó fue su manera de cantar, ciertamente melosa, nada qué ver con el blues poderoso y sicodélico que le característica. No recuerdo si nos tomamos una botella o dos, el caso es que terminado el recital me dice Alberto: “Mira de aquél lado está Mick Taylor tomándose fotos y dando autógrafos”.

Raudos y veloces nos dirigimos para allá y esperamos turno. Había encontrado la prueba idónea para para calmar el recelo de mi novia, y de paso estrecharía la mano de uno de los titanes de la guitarra setentera, elemento destacado de esa escuela metódica llamada Bluesbreakers. Salimos muy felices con nuestras fotos y autógrafos. La noche era joven, las aventuras se dirigían ahora a la colonia Peñón Viejo. Invitado por un grupo de amigos que conocí ahí mismo, asistí a una modesta vivienda para conocer de primera mano una de las colecciones más espectaculares relacionadas con las Piedras Rodantes, que cualquier fanático del mundo desearía poseer. Esa es otra historia, quizá otro día me anime a contarla.

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