Lady Day a 100 años de su nacimiento

Billie Holyday, retratada en 1951 por Bob Willoughby (National Portrait Gallery, Smithsonian Institution; gift of Mr. and Mrs. Bob Willoughby © Bob Willoughby)

Dicen que cada quien es producto de su tiempo y circunstancia. Así lo han atestiguado artistas de diferentes disciplinas y épocas: artes plásticas, literatura, música. Billie Holiday es una muestra de ello. Una de las grandes voces, dentro del jazz y blues, de todo el siglo XX, además de luchar contra sus monstruos internos, tuvo que enfrentar un contexto adverso socialmente: el exacerbado racismo estadounidense, la pobreza y eso influyó en su aproximación a la música.

Son muy conocidos sus problemas en la infancia, su dura adolescencia, sus patológicas relaciones de pareja, su abuso de drogas. Pero poco se habla del racismo y segregación que sufrió, pese a ser una de las voces que marcaron un antes y un después para las cantantes de jazz.

En su libro Jazz. La Era Dorada, Richard Havers y Richard Evans, documentan una anécdota sobre este tema. A finales de los años 30 del siglo XX -en 1937 para ser precisos-, Billie cantaba en la orquesta de Artie Shaw, lo que la convirtió en una de las primeras negras en cantar con una orquesta de blancos, en una época complicada.

Billie dejó la orquesta por dos incidentes, el primero una serie de insultos que recibió del público en Kentucky; y segundo, la historia documentada en este libro. La orquesta de Shaw se hospedaba en el Hotel Lincoln, en Nueva York –vaya ironía y coincidencia-,  y el personal del hotel exigió a Billie Holiday para entrar y salir del hotel, utilizar la puerta de la cocina y no la frontal como el resto de los músicos lo hacía.

Holiday a lo largo de su vida le hizo poco honor a su apellido. Nació un 7 de abril de 1915 en Baltimore –hace 100 años-, fue abusada por un vecino de once años de edad mientras su madre salía a trabajar, vivió un tiempo en un hogar para niños católicos; se mudó a Harlem, ahí comenzó a hacer trabajo doméstico y poco después ingresó a un prostíbulo para obtener dinero adicional; a los 14 años fue arrestada por vagancia y encerrada durante 100 días. Al salir libre fue cuando se unió a un saxofonista e inició una vida que nunca imaginó, a lado de la música.

Hacia 1933, con tan solo 18 años de edad, la suerte cambió para la cantante que ya venía sonando en diferentes bares y antros de Nueva York. El productor y crítico de jazz, John Hammond la escuchó y la llevó a grabar unos temas con Benny Goodman, era el 18 de octubre de 1933.

Un importante personaje presente en la vida de Billie, fue la de su amigo el saxofonista y clarinetista Lester Young, quien le puso el mote de Lady Day; mientras que Billie nombró Prez a Young. La relación y complicidad de Lester y Billie, inició en 1934 cuando Young llegó a Nueva York con la banda de Fletcher Henderson.

El poeta estadounidense Kamau Daáood, comenta que la amistad entre ambos jazzistas surgió “de su común comprensión de la naturaleza del mundo en el que vivían y de la naturaleza del dolor con el que ellos tenían que luchar para hacer lo que tenían que hacer”. Junto con Lester, Billie grabó más de 60 canciones, en sesiones realizadas entre 1937 y 1946.

No hay error para equivocarse, escuchas a Holiday y sabes que es Billie. Su bajo registro vocal, lo que cualquier cantante podría considerar el más grave de sus problemas, fue lo que hizo su estilo, supo manejarlo y aprovecharlo a su favor. La melancolía y tristeza en su voz, producto de su tiempo y circunstancia.

“Los cantantes que siguieron después de ella, decían está Bessie Smith, Ma Rainey y después Billie Holiday”, asegura categórica Ingrid Beaujean. Y es cierto, Billie junto con Ella Fitzgerald y Sara Vaughan, conforman la Santísima Trinidad del jazz vocal femenino.

Sus voces e interpretaciones son referente para las cantantes e instrumentistas, y a cien años del nacimiento de Billie, sigue estrujando corazones y conmoviendo almas.

Lady sings the blues

@YonAmador
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