La importancia de llamarse Lucille

Lucille no siempre fue Lucille. Al menos Lucille no reunió, desde el principio, las características que todos conocemos y admiramos desde hace tantas décadas. La negra y resplandeciente compañera del Riley Blues Boy King, fue la última encarnación de una serie de modelos de la casa Gibson, que el recién fallecido B.B. King supo utilizar y elevar hasta el Nirvana del más exquisito blues eléctricamente urbano. En los años cincuenta la vimos ser empuñada en tonalidades blancas, rojas, amarillas, cafés, con perforaciones sobre la tapa, sin las perforaciones en la tapa, con feedback, sin él, etcétera.

Cuenta la historia que B.B. King utilizó un modelo Fender Stratocaster para la grabación de sus primeros éxitos en sellos como Kent y Crown. El sonido poderosamente agudo y cortante parece reafirmar tal hipótesis, sin embargo un breve vistazo a las carátulas originales de esos elepés nos muestra fotografías con un instrumento distinto, al parecer ya es una guitarra Gibson, de la serie ES-355, que fue el antecedente directo del producto comercialmente aceptado con el nombre de Lucille. También es evidente que para esa primera gran época de B.B. King, el modelo de su lira no era tan importante como sus grabaciones épicas, sus presentaciones en directo y ese estilo tan particular y moderno de requintear y de cantar a la manera góspel.

Conviene recordar el momento en que decidió bautizar a su guitarra con el célebre nombre femenino. Seguramente muchos lectores ya lo saben, pero quizá otros no.

Mejor dejemos que sea Philippe Bas-Rabérin, el célebre autor del libro Le Blues Moderne, quien relate la anécdota del Bebé Rey: “En 1949 tocábamos en un lugar llamado Twist, en Arkansas. Había allí un gran bidón de keroseno (un gran bote con material encendido, para contrarrestar el frío). Nosotros le llamamos a eso aceite de carbón. Parecía un cubo de basura… entonces dos tipos comenzaron a pelearse, y uno de ellos fue proyectado contra el bidón que tiró al suelo. En un momento todo el sitio estuvo en llamas. La gente se escapó, yo como todos los demás. Pero cuando estuve fuera me acordé de que había dejado mi guitarra dentro. ¡Había trabajado tanto durante los primeros años para tener una guitarra! Me acuerdo de haber tenido que trabajar un mes entero para poderme comprar una. Todo esto me daba vueltas en la cabeza mientras contemplaba el edificio en llamas. Entonces me precipité hacia adentro, le encontré y por poco me quemo de la cabeza a los pies. Cuando salí, el edificio se derrumbó. Al día siguiente me enteré de que dos hombres habían muerto y que se habían peleado por una dama Lucille. Así que puse ese nombre a mi guitarra para que me recordara que no volviera a hacer el idiota.”

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Sweet Little Angel

Es una regla aceptada de que el arte no proviene de la nada, sino de bases concretas, de la tradición y de la misma historia de la humanidad, que cada artista asimila para elaborar un estilo propio y más tarde una escuela o corriente. En materia de blues eléctrico, quizá el primer gran maestro haya sido T-Bone Walker, un texano que en su momento supo catalizar a la manera urbana, la rica tradición de la guitarra de blues. Él es el antecedente directo para el estilo moderno que desarrolló B.B. King, pero además el Blues Boy King contó con la enorme suerte de haber trabajado, siendo jovencito, como disc jockey en una emisora radial de Memphis, gracias a lo cual tuvo a la mano cientos de acetatos que escuchó y estudió concienzudamente sacando lo mejor de cada artista.

Recordemos que, años atrás, Robert Johnson pudo convertirse en un maestro de la guitarra porque fue, primero que todo, un gran radioescucha de los temas populares.

Es de vital importancia, también, que la primera época de B.B. King haya transcurrido en Memphis, cuna de los ritmos vitales y de notables guitarristas, como Joe Hill Louis, el excelente Willlie Johnson y anteriormente Frank Stokes y Joe McCoy. Sin embargo, los mismos experimentos renovadores que efectuaba B.B. King en Memphis, eran los mismos que hacían otros guitarristas en regiones distintas, por ejemplo en Oakland, Texas y Chicago, y así tenemos que el blues moderno se estaba gestando gracias a los esfuerzos y al talento de gente como Freddy King, Lowell Fulson, Pee Wee Crayton, Pat Hare, Albert King, Clarence Gatemouth Brown, Albert Collins, Mat Murphy. Todos ellos son jefes y merecen ser recordados con el mismo cariño, pues contribuyeron para darle un matiz distinto a la tradición del blues, en cuyas entrañas crecieron y se alimentaron.

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Gracias eternas

Pero una de las cabezas más visibles lo fue B.B. King, uno de los pocos artistas que cristalizó el anhelo que anima a todo bluesman: ser reconocido y recibir el pago justo. Muchos de sus contemporáneos murieron en la más completa miseria, olvidados o enfermos, viendo como su obra era plagiada por músicos blancos que se volvían millonarios a sus costillas, pero ese no fue el caso de B.B. King. Si consiguió el pináculo de la fama, fue gracias a su enorme talento interpretativo, a sus canciones, a los arreglos orquestales, a sus giras. Debe considerarse un ejemplo en cuanto a la administración tanto de ingresos como de imagen pública, pues nunca estuvo inmerso en un escándalo importante, ni en líos con Hacienda ni en problemas de vicio o de juego.

Supo administrarse bien y bonito, pero sobre todo contó con el cariño y el reconocimiento de varias generaciones de admiradores, tanto de músicos como de público en general. En los meses que antecedieron a su partida, sabíamos que estabamos a punto de ser testigos de la muerte de una verdadera leyenda de la música, y adquirían entonces otro valor los testimonios de Eric Clapton, Jagger, Richards, Buddy Guy, Keb Mo, entre muchos otros devotos agradecidos. Casi se terminaba la década de los sesenta, cuando otro de sus alumnos, Michael Bloomfield, lo presentó oficialmente ante el público blanco, en un monumental concierto desarrollado en el Fillmore West. El público quedó maravillado por los armoniosos sonidos que escapaban de su Lucille, y por esa voz desgarradora que se mecía en canciones y en letras que ahora son clásicas y que tantos buenos momentos nos han proporcionado.

¡Adiós, maestro King, desde siempre supe que usted tenía razón: The Thrill is Gone!

 

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