Víctor Ruiz Pasos: Vitillo desde chiquillo

7 de la mañana. Un día cualquiera –podría ser martes, miércoles, jueves… ¿qué más da?-, el tiempo se difumina al pasar horas metido en un sitio con luces artificiales y nubes de humo de cigarro. La vida en la ciudad comienza, no para los músicos. En las calles, con paso firme y veloz las mamás apresuran a sus hijos a la escuela. Tras la puerta de una cortina de acero, que bien podría ser cualquier cabaret de segunda de los años 50 como Las Brujas, El Gusano o El Trucutú Era en las Cavernas, se asoma un rostro lampareado por el sol, seguido por la delgada silueta de Víctor Ruiz Pazos, Vitillo como es conocido. “¡Asu mira no’más y yo apenas estoy esperando llegar a dormir a mi casa!”, piensa para sí, con vergüenza al ver el trajín de las primeras horas del día.

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Con 20 años de edad y mucha ilusión por ingresar al Conservatorio Nacional o a la Escuela Nacional de Música, Vitillo llegó en 1951 procedente de su natal Puerto de Veracruz a la Ciudad de México, en donde  además de hacer suplencias en cabarets de segunda, se integró a la orquesta de Larry Sonn, y posteriormente a la de Luis Arcaraz, en la que se gestó el nacimiento del jazz mexicano. La idea de los estudios, tuvo que esperar.

En 1954 Vitillo, junto con Mario Patrón, Pablo Jaimes, Héctor Hallal “El Arabe”, Tommy  “La Negrita” Rodríguez, Román López, César Molina y Tino Contreras -todos músicos de la orquesta de Arcaraz-, fueron parte de la primera grabación de un disco de jazz en México. Con voz pausada y grave, que remite a las notas de su contrabajo o bajo eléctrico, Víctor Ruiz Pazos recuerda: “era algo que nos inquietaba a todos, y de repente cuando no iniciaba el ensayo de la orquesta, comenzábamos a improvisar, a estar tocando algo que no fuera exactamente la música de la orquesta, con la que hacíamos bailar a la gente”.

Integrante de una familia de músicos, Vitillo desde temprana edad tuvo contacto con instrumentos y aún sin saber ya los tocaba, como ocurrió con el contrabajo, instrumento que aprendió de manera autodidacta. “Me iba a meter a la casa de mi abuelo que tenía su contrabajo ahí en la sala, recargadito a lado de la radio. Llegaba y le decía ‘¿abuelita puedo prender la radio?’, la encendía, subía el volumen un poco y comenzaba a tocar sin siquiera saber cómo estaba afinado”. Era un contrabajo de tres cuerdas, aclara.

En Veracruz, fue parte de un sexteto de cuerdas que tocaba en el hotel Mocambo; de la Orquesta de Villa del Mar, que amenizaba los bailes de cada domingo en el salón de dicho nombre; interpretó boleros con tríos, de hecho su primera grabación en la capital fue con uno de ellos. Ha tocado con infinidad de músicos desde hace más de 6 décadas y a sus 82 años de edad grabó el primer disco al frente de su proyecto, con 12 temas compuestos por él.

“Yo voy bum borom bum buim” con mi bajo, mientras el resto toca otras cosas como un “duin durun dun dun. Eso enriquece la melodía”,  comenta, suelta una carcajada y explica “es lo que llamamos en música movimiento contrario, en lo que unos van ascendiendo en color y altura del sonido, tú haces el movimiento contrario y se oye muy bonito”.

En Víctor Ruiz Pazos “Vitillo”, nombre de su primer disco al frente del proyecto, editado en 2013, uno se abstrae, distingue y disfruta de cada uno de los instrumentos interpretados por 20 de sus amigos. El piano, la batería, la trompeta, el trombón, el saxofón, las percusiones, la batería y por supuesto el bajo, cada uno tiene su momento y al mismo tiempo entre todos dialogan como en una amena plática de café entre amigos.

Ahora, a sus 85 años, Vitillo trabaja en sus memorias, mientras cientos de piezas guardadas en cajones de su casa esperan salir, ser interpretadas y poder llegar a los oídos de todos.

“Vitillo creen que es un apodo, pero Vitillo es un diminutivo que mi madre inventó, porque mi padre tenía el mismo nombre y de repente mi madre decía:

-oye Víctor,
-sí mamá,
-no, le habló a tu papá…

Y ahí comenzó a jazzear mi mamá”, recuerda Vitillo con una gran sonrisa.

Days of wine and roses


@YonAmador
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