Hound dog –cuento-

Say it loud, I’m black and I’m proud.
James Brown
A Otis Spann

Hey baby I’m here to tell you about yourself
You ain’t nothin’ but a hound dog, scratchin’ all the time

Escucha Jenny, estos niños blancos interpretan nuestra música y todo está bien, pero cuando un nigger lo intenta, nos mandan al carajo.

Little Howlin’ no cesó de girar la perilla del radio hasta conseguir sintonizar la estación.

You ain’t nothin’ but a hound dog baby, scratchin’ all the time
You ain’t caught no rabbits you ain’t no friend of mine

Él se notaba enfurecido tras su propio comentario, pues ceñía con firmeza el volante, pero Jenny no prestaba atención; ella estaba preocupada por pilotear a través de la Interstate Highway 20 al lado de un negro. El solo hecho de ver las millas faltantes para dejar Louisiana la afectó: sus ojos hinchados brillaron. Deseaba con intensidad derramar su tristeza pero se contuvo. No sabía cómo actuar: si regresar a Baton Rouge con su madre o, quedarse en cualquier condado de Mississippi e iniciar una nueva vida, o seguir con la aventura hasta Illinois.

Well, You said you was high class
Found out that was just a lie

Al no obtener respuesta, Little Howlin’ continuó hablando.

No tengo rencor contra Presley, crecimos juntos en Tupelo antes de mudarme con la abuela; y de igual manera mamamos el blues, pero a pesar de ser tan bueno como él, Sun Records se negó a grabar mis piezas. De inmediato Little Howlin’ deformó su rostro e imitó la voz de Sam Phillips –fundador de Sun Records-: “Lo siento L.H., lo admito, tus rolas en el piano son excelentes, pero grabarte sería una inversión arrojada a la basura. Tú bien sabes que nunca te tocarán en las estaciones del Deep South”.

Odio esta segregación Jenny, pero las cosas en Chicago serán diferentes. Ya el sello Chess ofreció grabarme y organizar unos gigs tan pronto llegue.

Yeah you said you was high class baby
That was just a lie

El calor era insoportable, algo inusual, 115 grados Fahrenheit, según observó Little Howlin’ en el termómetro colgado en una de las bombas de la gasolinera donde habían cargado combustible. Jenny, todavía en silencio, sin dejar de sostener su bolso filtrado por el copioso sudor de sus manos y del cuerpo entero, seguía intranquila; pues cruzar Low Lands hacia el Midwest ocultando un amorío de semejantes características, en lugares con gente fisgona, no sería nada sencillo.

Well, you ain’t killed no rabbits you ain’t no friend of mine
Hey you ain’t nothin’ but a hound dog scratchin’ all the time

La falta de respuestas de Jenny incomodó a Little Howlin’ quien prefirió ignorarla, subió todo el volumen del receptor y aceleró hasta al fondo. Durante el resto de la canción, él sacó la cabeza por la ventana para refrescarse y poder aullar con soltura, a coro con la melodía, como era su costumbre.

You ain’t nothin’ but a hound dog baby, scratchin’ all the time  
Well, you ain’t never caught no rabbits you ain’t no friend of mine

Finalmente, ya de madrugada, la pareja cruzó sin contratiempo los límites divisorios de Alabama y, al internarse en el poblado de Selma, Little Howlin’, con gran emoción decidió parar a unas cuadras de la New Hope Baptist Church e ir a recordar cuando siendo un niño acompañaba a su abuela al servicio. El aire se detuvo también, se hizo aún más turbio y pesado, candente.

Vamos Jenny, no nos demoraremos. Te mostraré dónde aprendí a tocar. Él se ufanaba mientras sus dedos chorreantes de exudación acariciaban la mejilla de ella, como si estuviera manoseando las teclas de marfil de un piano. Jenny, fuera de apartar la vista del parabrisas, sin parpadear siquiera, rompió el mutismo. No se distinguen los rostros, esas máscaras de albor inmaculado lo impiden, menos sus intenciones, pero no se ven confiables. Mueve el vehículo de este sitio, larguémonos de aquí L.H., ese señalamiento dice claramente que este espacio está reservado para blancos.

Basta Jenny, a ningún withe trash me voy a doblegar, sentenció indignado Little Howlin’. Espera dentro del auto, ahora regreso.

Él no tuvo tiempo de hablar, cuando menos lo pensó de un batazo quedó inconsciente. Rápido le ataron las manos a la espalda, le pusieron una cuerda al cuello y así fue arrastrado hasta el interior del cementerio, a la altura de la cruz flameante, cuyo resplandor blanquecino a lo lejos ha hecho a más de un hereje confundirla con apariciones de espectros burlones. Una vez frente al símbolo puritano, con la punta de una escopeta, la barbilla de Little Howlin’ era alzada para dejar ver su semblante de esclavo, ahora golpeado por la luz del plenilunio.

A Jenny, amordazada, la subieron en la parte trasera de una camioneta. Ella no opuso resistencia, era inútil defenderse. Durante el recorrido permaneció muda y con lágrimas silenciosas.

Colored de mierda, lo único blanco que se te ha permitido palpar en tu vida es el algodón. Tras terminarse la sentencia, una hoja metálica, tan filosa que cortó la noche, cayó súbitamente sin hallar oposición sobre la lápida. Una vez que se le amputaron las manos, la sangre brotó sin detenerse formando un caudal.

Ansiaba morir pero los hombres-bestia no querían que eso pasara; de hecho, en cuanto me vieron desfallecer a toda prisa metieron mis muñones dentro de un costal con sal, al hacerlo, lancé un alarido cuyas ondas se escucharon a pesar de mi afonía. Pero no era así. Agucé la vista y era Jenny la emisora de los jadeos a medio grito; no mi eco de lamentos, ni la jauría de hound dogs que se oía aullar a lo lejos. Luego de darme cuenta de ello, traté de aullar también; hubo después mucho movimiento a nuestro alrededor, los encapuchados insistían en irse de allí, pero el último de ellos que penetraba a Jenny con la rigidez de un semental bufante, no quería dejar de metérsela. Dos de sus compañeros lo jalaron con fuerza, como expulsándolo de una batalla, y cuando esto sucedió, eyaculó un coágulo de impuro blancor-rojizo sobre el dorso marcado por decenas de pulgares que, eficaces, esquivaron las pecas. En seguida se percibió una marcha pesada; en repliegue, con la misma imprevisibilidad con la que los embozados habían llegado. Pasó algún tiempo y cada uno de nosotros continuó en su esquina, sumiso y empinado, sin nada que decirnos; yo desdeñé mi fortuna escurriendo un espeso hilo de baba amarga sobre la tumba de un Buffalo Soldier, y ella hizo lo mismo arriba de la cripta de algún confederado.

El cargado olor a sangre, sudor y semen; pringoso, grasiento y ácido, estimuló el hambre de un perro que por allí pernoctaba. Habían pasado ya dos semanas sin que probara por lo menos alguna carroña. Sus ojos centelleantes; de fuego que recorrían el pedazo de carne saboreando cada pulgada, se percibían dentro de las circundantes aguas lodosas del camposanto. El perro famélico, tan esquelético que con dificultad se sostenía sobre las extremidades traseras, atento esperó el momento preciso para hacerse de un suculento bocado, aunque su tripa impaciente al imaginar la digestión del banquete, emitía un sonido delator parecido al croar de un sapo toro. La ocasión se presentó antes de lo esperado y presto, el mamífero, avanzó como lo hace la sombra y, con su hocico espumeante se hizo de las exangües manos y, antes de alejarse de los desvalidos orinó un arreglo floral asentado sobre una tumba.

Ya distante, al encontrar un espacio donde deglutir su alimento, aulló triunfante. Jenny no pudo aguantar tanta calamidad y sollozó. Yo, al percibir el aullido, me puse a llorar, cerré los ojos y recordé a mi abuela cuando había armado revuelo nacional al rehusarse a ceder el asiento a un blanco en el transporte público. Después de ese memorable hecho, siempre, en la sobremesa nos decía con determinación: “Recuerden, más vale morir de pie que vivir de rodillas”. Mis lágrimas se hicieron más intensas y saladas al saberme sin ella, hincado y carente de manos.

Jenny, por su parte, se antepuso a su lamento al atender el de él pues verlo así le destrozó el alma.

Sin percibir en qué instante, ella posó su dócil mano con ternura en mi cabeza como lo hacía la abuela, luego, me tomó del antebrazo y sin titubeos dijo: “Vamos L.H., requieres atención médica”. Comenzamos a caminar sin pensar, siguiendo el sendero alumbrado por los rayos de luna, concentrados en coordinar los pasos. Durante el trayecto esporádicamente se oían los ladridos de los hound dogs, hasta que llegamos a un punto donde gobernó un silencio aterrador, era como si los animales del pantano: codornices, libélulas, mapaches, ranas y cocodrilos, todos juntos, estuvieran penando nuestra desgracia, quise aullar pero no pude hacerlo, me faltó el aire.

Durante el trayecto Jenny súbitamente quebró la calma:
-Cuando te cercenaron las manos soltaste un berrido desgarrador; sin embargo, entre el júbilo de los encubiertos pareció un simple cuchicheo.

No quise responder a su comentario, permanecí callado pero ella volvió a intervenir:
-L.H., ¿Viste lo que me hicieron?

Continué mi andar sin responder, pero la pregunta me inquietó; el tono de su voz delataba cierta excitación. No pude evitar imaginarlo y recreé en mi mente lo sucedido.

“Ven aquí basura blanca, ahora te toca tu escarmiento”, enunció el más alto de ellos, entretanto, varios hombres desataban sus hebillas y se bajaban los pantalones de mezclilla, y el que parecía tener la verga más tiesa, antes de tomar la iniciativa y montarse encima de Jenny, veía las nalgas como hipnotizado. “Este culo nos pertenece, puta coge darkies”, afirmó el hombre mientras regresaba del letargo.

Por lo menos la cubrieron doce hombres-bestia, pero cada uno duró cadereándola por pocos minutos, excepto el último.

Llegamos por la mañana a la entrada del puente Edmund Pettus, y al cruzar el río e ir hacia el downtown las calles estaban vacías. No me extrañó, de seguro en ese momento mis hermanos se estarían desplazando por la U.S. highway 80 rumbo a Montgomery al mitin convocado por el reverendo King. Deambulamos por el pueblo hasta llegar al St. James Infirmary.

Ya frente al edificio, Jenny me soltó del antebrazo y me dejó allí; mientras yo me acercaba al acceso ella se alejaba.

No quise detenerla, intuí con aflicción que había aprendido la lección. A pocos pasos de entrar al hospital, viré y preferí dirigirme a la iglesia bautista; al llegar, entré y todo era apacible; recordé mi infancia. Ávida, mi vista observa el piano debajo del púlpito, igual a aquél donde aprendí mis primeros acordes, y mecánicamente me dirijo a él.

Sentado, aporreé las teclas con mis muñones lacerados y aún sangrantes y, acompañado de la disonancia producida, interpreté cánticos espirituales que resonaron dentro de la casa de Dios como auténticos aullidos de hound dogs.

 

Por: Ivan Medina Castro

Cultura Blues

Revista dedicada a la difusión del Blues en México y el mundo.

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