Un blues para Betsy

La encontraba de vez en vez frente a la Escuela del Rock a la Palabra -sobre avenida de La Paz-, en donde compartía sus conocimientos y talento con jóvenes entusiastas. Nunca la veías con mala expresión, siempre te recibía con una sonrisa. Pese a que en los últimos años batallaba constantemente con su voz, Betsy Pecanins siempre estaba dispuesta a platicar de sus proyectos, del blues, de la música.

Una rápida vista a la gran cantidad de personas que estuvieron presentes para despedirla da cuenta de su gran corazón, generosidad, y también de la versatilidad de su voz, lo mismo se venían cantantes de trova y música folklórica, que bluesistas, jazzistas, rockeros y uno que otro escritor.

Betsy nació en Phoenix, Arizona, en mayo de 1953, era hija de una pintora catalana y de un profesor estadounidense. En su adolescencia se mudó a Barcelona para tomar clases de pintura y como recupera Tere Estrada en su libro: Sirenas al Ataque; Betsy comenzó a cantar en cafés para pagar sus estudios. Esos días, comenta la propia Betsy, fueron complicados en materia de salud y el canto fue una buena terapia, además de una manera de reconocer que lo suyo no era el arte plástico, sino la música.

Con 23 años, en 1977, decidió salir de Barcelona y viajar a México, tierra que sería su hogar por 40 años. Sus primeros movimientos en la escena musical fueron una continuación de su canto en Barcelona. En 1980 grabó Viendo tus ojos, disco a guitarra y voz, con la incorporación de algunas cuerdas, bajo la producción y música de Federico Álvarez del Toro, y en donde se escucha la gran capacidad vocal de Betsy. Dos años después, acompañada de los hermanos Toussaint -Eugenio, Fernando y Enrique- con su grupo Sacbé, grabó el disco Vent amb veus, que incluye canciones escritas por Betsy cantadas en catalán y cuyo sonido es más cercano al jazz.

 

El blues, ese zapato viejo, me movía mucho

En el blues no hay medias tintas, es estar conectado con el alma, conectarse a uno mismo, es conmovedor”, decía Betsy en una charla en la Escuela del Rock a la Palabra y que Hebe Rosell recupera en su cuenta de Facebook. Pese a ser una de las mujeres pioneras del blues en nuestro país, Betsy tardó en entrar al blues de lleno, en gran medida por el respeto, en 1995 declaró a Marcela García de la revista Tiempo Libre: “…tuve que llegarle poco a poco, encontrar mi propio blues; no a nivel de estilo solamente, sino a nivel de sentimiento, de camino que encarnara toda mi sensualidad, dolor y prendidez”.

En ese mismo 1982 del disco Vent amb veus, decidió que era el tiempo de entrar de lleno al blues y acompañada de músicos como un joven José Cruz Camargo, Alejandro Cardona, Carlos Tovar, Severo Viñas y Fernando Ábrego -grupo que al poco tiempo se convertiría en Real de Catorce-, comenzó a cantar blues.

Desde la aparición de Betsy Pecanins canta blues (1985), disco con la producción y arreglos de Dwight Carrol -músico estadounidense, arreglista del bluesista Papa John Creach, con quien Betsy alterno en un festival de blues en el Auditorio Nacional-, ya nunca más se alejó del género y mejor aún, comenzó a explorarlo y desarrollarlo en combinación con otros estilos musicales, principalmente mexicanos.

Con más de una decena de discos en su carrera, Betsy desarrolló una interesante y bien lograda fusión del blues con géneros tradicionales de México. De esa exploración surgieron álbumes como El efecto tequila (1995), Tequila, azul y Batuta (2002), Lara (2004), un disco dedicado enteramente a temas del veracruzano; Blues en el Alma (2006), en donde además de temas muy blueseros, presenta una versión ranchera-bluesera de Canción Mixteca; o Sones (2009), en donde nos regala una maravillosa versión de La Bruja que fusiona de manera espléndida el son y el blues.

Y hasta en el proyecto de su último disco, Ave Phoenix, cuyos temas fueron presentados a mediados de este año en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, muestra la gran influencia que México y sus sonidos tuvieron en ella.

Una mención aparte merece el proyecto que a inicios de los años 90 Betsy realizó con Guillermo Briseño, que derivaría en la grabación de Nada que perder, uno de los mejores discos de blues en la historia de este país.

Luego de sus primeras grabaciones blueseras, de rolar por diversos festivales como el Internacional Cervantino, de cantar en el Centro Cultural Ollin Yoliztli con la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, de grabar un disco en vivo (Fuego azul); en 1991 Betsy buscó a Briseño para montar un espectáculo a piano y voz con rolas de bluesistas tradicionales como Willie Dixon, que originalmente fue pensado para montarse en El Hábito, a petición de Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe.

Con ese proyecto giraron por varias ciudades de la república, hasta que llegaron a Nueva York, en donde ofrecieron un concierto en el Museo Cooper Hewitt. Ahí Guillermo tenía a un amigo, Juan Manuel Aceves quien trabajaba en un estudio de grabación y luego de escucharlos en su presentación, les ofreció grabar en los tiempos muertos del estudio, con el poco dinero que habían conseguido de la presentación en el museo de diseño neoyorquino.

Hablar de los tiempos muertos, me contó Briseño en alguna entrevista, “eran más bien tiempos desmayados”, ya que la grabación era en distintas horas, inclusive durante la madrugada. El resultado es un disco con 12 temas, la mayoría composiciones del propio Briseño, en donde se puede escuchar y sentir una magia que se dio en ese momento, entre el piano y la voz.

La música es un acto de integración, de amor y de hondura. Para cantar el blues es necesario que expreses tu visión del mundo, de ti mismo, del otro”; es otra de las frases que Betsy compartía con sus estudiantes y que Hebe Rosell recupera. Betsy vivió y disfrutó de la vida, aprendió de ella y se convirtió en maestra.

Toda su vida la dedicó a la música, su música. Lo que inició como un viaje para aprender artes plásticas, se convirtió en su forma de vida. Betsy Pecanins, tuvo un final discreto y onírico, ya no despertó. En su funeral había caras largas, tristeza, pero también había risas, recuerdos, anécdotas, reunión de amigos, compañeros músicos y todo. Y todos cobijados bajo la voz de Betsy que salía de las bocinas de un pequeño estéreo que estaba ahí, dispuesto para eso, como un epílogo de que su voz, ella misma, de alguna manera, siempre estará entre nosotros.

“Para cantar el blues hay que estar conectado con la interioridad, con la alegría, con la melancolía. El blues es una vivencia, no es solamente cantar y tocar bien, es parte esencial de lo que nos mueve y nos conmueve. Cantar el blues es mirar para adentro, es conocerte, saber qué está contenido en ti y esperando. Es saber lo que duele”.

Betsy Pecanins

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