Blind John Davis: “Nadie, salvo los negros, viven el Blues”

En su segunda visita a la Ciudad de México en 1983, instalado cómodamente en un cuarto de hotel cercano a Reforma, el veterano pianista Blind John Davis concedió una entrevista a conocido medio informativo en donde expresó su opinión acerca del blues y también los pormenores de su larga carrera artística. De lo mucho que declaró una frase contundente se llevó el titular de ocho columnas: “Por mucho que lo amen, nadie, salvo los negros viven el blues“.

50 años de grabaciones ininterrumpidas y el haber acompañada a un puñado de figuras trascendentales en el desarrolllo del género, le concedían a este maestro del ragtime, jazz y boogie woogie, la autoridad suficiente para opinar de lo que fuera. Entre fumada y fumada de habano, sorbos a su vaso de wiskey y una voz ronca que se complacía en poner los puntos sobre las íes, Davis recordó su paso como entretenedor en los negocios manejados por Al Capone, y su trato con otros magnates del espectáculo musical en la ciudad de los vientos, caso concreto de Lester Melrose.

Nacido en el poblado de Hattiesburg, Mississippi, el 7 de diciembre de 1913, Blind John Davies se mudó con su familia a la ciudad de Chicago cuando apenas había cumplido dos años de edad. Fue durante la infancia cuando perdió la vista. El gusto por la música estuvo propiciado por la cercanía con músicos de blues que tocaban en los centros nocturnos que dirigía su padre. Con escasos 13 años le soltó una indirecta al autor de sus días: “¿Si aprendo a tocar me pagarías lo que a ellos? Ándale pues, me contestó incrédulo, y ahí me tienes, ensayando al piano noche tras noche“. Después tomó lecciones particulares con distintos maestros y también cursos formales en institutos.

Antes de seguir adelante debo confesar algo. El piano de Davis y su presencia magnética fue lo primero que escuché al ingresar al Auditorio Nacional en la jornada inaugural del Segundo Festival de Blues en México 1979. Yo era apenas un escolar, pero el insecto del Blues ya me había picado y transmitido el germen de lo que sería una pasión longeva.

Había asistido con dos personas, un compañero de salón con las mismas aficiones musicales (portaba en la mano su grabadora portátil), y el tío de éste (portaba en la mano un cuartito de tequila), un chavo casi diez años mayor que nosotros, el cual tenía la firme intención de pasarla en grande con el aguardiente. Ni mi cuate ni yo bebíamos entonces, que conste, la razón de haberlo llevado se reducía simplemente a que tenía coche.

Llegamos sobre la hora. Las filas para ingresar al sitio eran extensas. Por un momento evoqué a los hoyos funkies y su clásico portazo. Aunque habíamos comprado los boletos con varios días de anticipación, no quedó más remedio que aguantar y permanecer formados. Al llegar a la puerta fuimos sometidos al clásico basculeo y como podrán suponer, al tío de mi amigo lo detuvieron por encontrarle la botella.

Comenzaron entonces las discusiones, el estira y afloja, los argumentos, las réplicas. Como yo iba adelante y no había tenido problema, los dejé discutiendo y entré apresurado hacia la escalera del último piso. Mi boleto era de los más económicos. Muchas personas iban como yo, nerviosas y apresuradas, en busca de la cita nocturna con el Blues.

Sucedió entonces algo curioso, que aún hoy me conmueve.

Conforme iba acercándome, las notas de un piano estremecedor comenzaron a escucharse. En el interior del último pasillo, a oscuras, la turbación por esa música fue total. Sabía que en la desembocadura me iba a encontrar de frente con algo incomparable, un elenco de puras leyendas vivas que iniciaba a todo tren con este hombre canoso y largirucho cuyos dedos mágicos producían acordes inquietantes, jamás escuchados antes por mis oídos.

Cómo disfruté aquella primera actuación de Blind John Davis en el foro de Reforma. Su voz expresiva y matizada, el piano intenso, las pausas que hacía para fumar el puro o para comunicarle algo a la audienca, que todo festejaba. En aquel tiempo no identifiqué ninguna de las canciones que tocó. Mis conocimientos sobre el Blues eran poco menos que elementales. Mi aprendizaje estaba en sus pininos, pero de la mano de algunos grandes “monstruos” que entonces nos visitaron.

No sabía que a Davis, en compañía de Big Bill Broonzy, les tocó el honor de ser los primeros bluesistas afroamericanos en realizar una gira por Europa, a finales de los años treinta, o que con el mismo Broonzy efectuó grabaciones legendarias para el sello Bluebird, lo mismo que con Tampa Red, Lonnie Johnson, George Barnes, Memphis Minnie, Sonny Boy Williamson, Red Nelson, Merline Johnson y el Doctor Clayton, entre otros. O que fue de los pocos solistas que podían ejecutar cualquier estilo en el piano: boogie woogie, dixieland, slow blues, barrelhouse, o inclusive música clásica debido a sus estudios formales en el Conservatorio de Chicago.

En fin, aquella actuación suya fue el preámbulo perfecto, el aperitivo ideal, para las dos bandas que cerrarían el primer día del festival: la Chicago Blues Allstars de Willie Dixon y Muddy Waters con la legendaria banda. Cuatro años después Davis volvería a presentarse en el mismo escenario, época en la que grababa inclusive para Alligator.

De esos días corresponde la entrevista que he referido al principio, y que en su parte medular expresa ideas como ésta que hoy comparto: “El blues es algo que uno tiene que vivir, tienes que vivir el blues, saber el blues. Y los hombres negros, las mujeres negras han vivido el blues. Los blancos no viven el blues, los mexicanos no viven el blues… nadie sino los negros viven el blues“. Lo demás que existe sólo son buenas interpretaciones, opinaba. 

Blind John Davies, murió el 12 de octubre de 1985, precisamente en la ciudad de los vientos.

Blind John Davies – Chicago 1983

Blind John Davis — Everyday I Have The Blues

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