Apología de un bluesero

Fotos: Rafael Arriaga Z.

Mi respuesta a la pregunta ¿por qué te es importante el blues? empieza con la sinceridad, continúa con la dignidad, y sigue con la alegría que encuentro en esta música. Se me ha vuelto claro –después de muchos años de la confusión–, que darme cuenta de que algo me gusta implica otra cosa, su opuesto me desagrada. El amor profundo que tengo para la buena música implica indudablemente que desprecio a la música mala.

Muchos, –casi todos los que me conocen, creo–, saben que no soy fan de los Beatles. (Si se imaginan –y uso la palabra con mucho respeto–, que su música siempre me desagrada, esto sería una enorme simplificación y equivocación. No es así, reconozco mucho valor en su obra.) Aclaro que en su primera época de chavos siempre sonrientes cantando tonterías del ‘amor’ –por ejemplo, ‘She loves you, yeah, yeah, yeah’ –, me parece despreciable. ¿Por qué? Porque el amor que se siente por alguien no se puede resumir en tres minutos de conversación inteligente, mucho menos en tres minutos de frases obvias y repetidas.

En primer lugar, entonces, voy a enfocarme en este tema, tan frecuente y desafortunadamente de comentarios trillados y superficiales. Al amor le tengo más respeto y una apreciación menos simplista. (La historia de lo que es el amor es muy larga: para los griegos, por ejemplo, el amor tenía cuatro distintas clasificaciones). El problema es que a menudo hoy en día todo se resume en un sentimiento bonito, que hace sentir ‘bien’.

Trivializar lo más profundo del ser humano me parece un pecado. Trivializar y comercializarlo, con mentiras, falsa profundidad y sentimiento barato, como en lo que se escurre de los establos de artistas del Periférico (de la Ciudad de México), me ofende.

La letra de nuestras canciones de blues logra hablar de los sentimientos humanos de una manera sincera, y a pesar de bajar las defensas, mantiene la dignidad del ser humano mientras reconoce y expresa su sufrimiento honestamente.

Por ejemplo, hay canciones que hablan del sexo y del deseo físico. Van de los celos más terrible (basado en evidencia vista o en una fantasía, fruto de un miedo de perder a la persona a quien amas –por ejemplo, en ‘Hey Joe’), hasta canciones que tratan el deseo con una tolerancia adulta y bienhumorada, hasta realmente muy chistosa. Bueno ejemplos son los blueses sucios de Lucille Bogan, de Blind Boy Fuller (en casi todo lo que él tocaba – digamos ‘Sweet Honey Hole’ o ‘What’s That Smells Like Fish’… ‘Qué huele a pescado’- …

 

O el lamento del hombre viejo de Bo Carter – ‘My Pencil Won’t Write No More’, ‘Mi lápiz ya no escribe’…

 

O el rechazo bienhumorado de Sweet Emma “I Ain’t Gonna Give Nobody None Of My Jellyroll”…

 

¿A qué realmente refiere ‘Dust my broom’ -Sacude mi escoba-? Desvergonzadamente cantamos como un recurso universal a buen ritmo y con sonrisas de oreja a oreja.

Sobra decir que el blues es capaz de expresar de la manera más directa las posibles tristezas necesariamente involucradas en las emociones entrelazadas de dos personas tratando como si la vida se dependiera de ello –y en toda verdad sí así depende –, de convertir sus vidas compartidas en una vida unida y exitosa. (También las baladas deberían ser capaces de expresar esto, pero hay tantos cantantes insinceros, que cantan de manera rutinaria para vender alcoholes a gente que no quiere enfrentar las razones verdaderas de su tristeza que con muy rara excepción las escucha. Magníficas excepciones son Leonard Cohen y Nick Cave).

Llegué a conocer del blues cuando adolescente y –como para muchos– eran años difíciles. Para mí no es ningún misterio por qué me atrajo tanto. Definitivamente no era porque ‘solamente una vez’ ni porque ‘la primera cortada es la más profunda’, (gracias a Rod Stewart que canta ‘Yo sé, nena’ yo sé’ como si estuviera una señora hablando con un perro que le lamía la oreja). Era porque la verdad del blues era más real y yo, necesariamente, no soportaba las patéticas mentiras y obviedades de la canción popular.

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Mi instrumento es la guitarra y estas emociones –para mí– se expresan mejor en los solos de guitarra. Son momentos de expresión abstracta cuando al sentimiento se le puede desnudar y liberar temporalmente de la palabra. Cuando escucho un solo de guitarra que me mueve, sé que es un momento excepcional. Tuve un momento así muy grato al escuchar a Irving Blues en el Centro Cultural José Martí el año pasado.

Que esto sirva de introducción al aspecto musical. Hay muchas formas del blues. Adoro, por ejemplo, el blues de John Lee Hooker –blues hablado-, su boogie de ritmo poderoso. Me encantan las sorprendentes complejidades armónicas de Piedmont o de T-Bone Walker. Sin embargo, es un hecho que la gran mayoría de nosotros que tocamos blues iniciamos con el estilo de Chicago y las herencias que tenemos de Robert Johnson (aunque simplificadas). Y hay una muy buena razón.

Se compara mucho el jazz con el blues. Se contrastan el jazz y el blues. Personalmente prefiero el blues y –en términos puramente musicales– es por dos razones. En primer lugar, el marco de una canción de jazz –por muy libre que sea– es siempre un marco más complicado que, al ser más complicado, limita e influye lo que se puede improvisar.

En segundo lugar, el jazz requiere de recursos musicales más complejos para su expresión y no me parecen necesarios. Con notables excepciones (por supuesto hay muchos entre los más famosos, y aquí en México, por ejemplo, Brasstards), es simplemente justicia comentar que los jazzistas se jactan de estas complejidades y lo que he visto es que a menudo pierden su camino concentrándose tanto en su técnica, su velocidad, sus escalas, ritmos y armonías complejas y ultra-sofisticadas que olvidan tocar música.

Porque, a fin de cuentas, no son necesarios ni el atletismo ni las tensiones incomprensibles de un ajedrez ruso, es música: música que comunica mejor cuando enfatiza su significado directo y profundo.

El blues para mí es música que se define por su sinceridad, dignidad, y alegría.

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