¿Llamar las cosas por su nombre correcto? ¿Es blues?

Hay quienes sienten una urgencia de llamar las cosas por ‘su nombre correcto’, como si el nombre tuviera algún tipo de realidad en sí mismo o verdad absoluta. Esta noción se topa con un problema cuando la naturaleza arbitraria de las palabras se hace evidente.

Desde la Biblia, Noé organizaba los animales en pares por sus varios tipos, aunque hoy en día sería difícil –para no decir imposible–, encontrar un biólogo que daría el mismo nombre a tal animal y a todos sus ancestros. (Las ballenas descienden de ancestros que eran parecidos a venados, por ejemplo.)

La idea que las especies son reales, y no simplemente unas categorías lingüísticas, ha sido rechazado desde aproximadamente la Revolución Francesa cuando Lamarck sostiene que la especie como tal no existe, que sólo existen individuos. La realidad resiste ser simplificada, por mucho que los humanos quieren hacer más cómodo su lenguaje y poder referir a numerosos elementos con una sola palabra. Entre más puras las categorías, menos elementos habrá en cada categoría.

El lenguaje es una herramienta que más o menos sirve para vestir y comunicar nuestras ideas, pero desafortunadamente, y a pesar de nuestros mejores esfuerzos, es una herramienta muy imperfecta. Cuando Julieta quiere ignorar que Romeo es un Montague, Shakespeare le hace decir, ‘Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume aun cuando de otra forma se llamase.’ Pero todos están de acuerdo en que sí es un Montague y desde allí la tragedia. El lenguaje que usamos no cambia la realidad que existe.

La realidad es un hecho independiente de las palabras usadas que son sólo símbolos cuya interpretación depende de su uso, un uso acordado implícitamente entre las personas que hablan el idioma. Con su lenguaje, el ser humano hace un esfuerzo para describir la realidad (aunque a menudo sus metáforas le llevan a la más terrible confusión.)

Es interesante notar que los idiomas no usan las mismas estrategias en todas partes: en un idioma dado, una palabra es un verbo, en otro es un adjetivo (por ejemplo, en inglés el verbo I agree se traduce en español con estoy + la frase adjetival de acuerdo y en francés de manera parecida, Je suis d’accord).

Cada idioma es un inmenso conjunto de hábitos lingüísticos y una herramienta que va evolucionando según las preferencias y necesidades de los que lo usan (que es uno de las razones porqué que estudiar cómo se va evolucionando un idioma es muy fructífero como método para el estudio de los grupos humanos). La evolución de los idiomas hace que los textos de siglos pasados nos son más difíciles de leer que los textos de nuestros propios tiempos. Su velocidad de evolución varia de un idioma a otro.

Un amigo holandés me dijo que su idioma natal evoluciona tan rápidamente que cualquier texto del siglo XIX era ya casi imposible de leer para la gente normal. Afortunadamente, el español y el inglés han evolucionado a una velocidad más lenta. Todavía podemos leer El Quijote (1605 y 1615) o a las obras de Shakespeare (1589–1613) con relativa facilidad.

Tratar a las palabras como si tuvieran un significado fijo es un camino peligroso. Para nosotros, la cuestión de ‘qué es blues realmente’ puede llegar a ser un pasatiempo agradable que requiere largas charlas y discusiones sin nunca llegar a una conclusión final. La explicación de esto es que el uso de la palabra ‘blues’ no estaba ni pudo ser acordado entre los participantes de antemano. Cada quien lo define de acuerdo a su experiencia, sus conocimientos y sus gustos y preferencias.

Por esto, típicamente se termina en que cada quien tenga su propia definición de quién sí toca o tocó blues, quien es o no es un bluesero, cuales canciones son de blues y cuáles no, que tal o cual versión se asemeje a blues –pero la versión de fulano es soul o es rock o es jazz o es reggae o cumbia. Me divirtió bastante leer que la Banda El Recodo tenía su versión de Another Brick in the Wall de Pink Floyd. Ni idea tengo en qué categoría pondría esto.

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En un mundo libre, cualquier músico puede tocar cualquier cosa y llamarlo como se le dé la gana. E igualmente y frecuentemente habrá gente que en pleno uso de su justificada libertad estará en desacuerdo.

¿Cómo se compara la evolución del blues con la evolución de los idiomas? El hecho más notorio es que su historia es menos larga. Chaucer escribió sus Cuentos de Canterbury en inglés en el siglo XIV. El Cantar de Mio Cid es más antigua que esto por más de un siglo.

Aunque el blues probablemente se originó a finales del siglo XIX, el uso de la palabra blues más temprano que conocemos se encuentra en una partitura de 1908. La primera grabación (Crazy Blues de Mamie Smith), tomó lugar en 1920. Desde entonces se ha evolucionado rápidamente en múltiples y diferentes estilos, con fuertes variaciones entre las diferentes décadas, particularmente antes y después de la Segunda Guerra, y ha asumido distintas formas en diferentes partes de los Estados Unidos, por ejemplo, del Delta, de Memphis, de Chicago –o el estilo Piedmont o de Georgia. Sin embargo, todo es blues.

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Hay pocas características que toda la música de blues tenga algo en común ya que el género, se formó gracias a las contribuciones de muchos diferentes artistas. Miles y miles de personas han hecho incontables diferentes contribuciones a nuestra amada música y –especialmente después de la Segunda Guerra– el blues ha crecido y diversificado, se le han agregado nuevos instrumentos y absorbido nuevas influencias y nacionalidades, un proceso complejo que ocurrió en paralelo con su indiscutible influencia sobre otros estilos de música.

 Martin Scorsese Presents The Blues – Red, White, & Blues