La muerte le sienta bien al blues

Early this mornin’
when you knocked upon my door
And I said, “Hello, Satan,”
I believe it’s time to go.”

Robert Johnson

Dicen los que saben que ahí estaba parado. Era tarde, sin un reloj a la mano para precisar la hora podríamos decir que era el horario entre la cena y el desayuno. Su mirada se perdía en el horizonte del camino árido. En su zapato derecho goteaba un poco de sangre, producto de la riña que había tenido con un furioso esposo celoso, quien se había llevado la peor parte. Cómo le gustaba llegar a los golpes, sentir la adrenalina correr por el cuerpo y tener la certeza de que pasara lo que pasara, nada podría ser peor que lo que al final le esperaría, un final que no dependería ni de él, y mucho menos de un marido celoso.

Y ahí estaba, pues. Por los cuatro puntos cardinales se desplegaba una vereda tierroza, seca y oscura como boca de lobo. Por su mente solo pasaba el recuerdo de aquella tarde en la que deseó con todas sus fuerzas “tocar la guitarra como nadie antes lo habría hecho”; y la figura de aquel hombre parado en la puerta, vestido con un impecable traje    -confeccionado con la tela más fina que había visto. Recordaba perfectamente su erguido porte, que lo hacía ver como un gigante de proporciones bíblicas. Desde la puerta lanzó una mirada que le atravesó su ser, se acercó y dijo – ¿en verdad quieres tocar como nadie antes lo ha hecho? Justo fue ese el instante, el momento definitorio que marcó su destino, ahora lo reconocía.

No estaba seguro si llegaría en algún tipo de transporte o saldría espontáneamente de la nada –pensamiento difícil de creer, ya que no había grandes cosas a su alrededor, todo más bien era tierra, unos cactus y pequeños arbustos-, sin embargo la sensación de que hiciera lo que hiciera él llegaría sin que lo viera, no lo dejaba.

-¿Has disfrutado de tu éxito? Preguntó con una voz sarcástica, pero condescendiente. Derecha, izquierda -volteó y no había nadie. Atrás, derecha, izquierda, en círculos… ¡zaz! Ahí estaba él, con su elegante y perfectamente confeccionado traje –fabricado con las mejores telas que nunca había visto-, con su porte, su erguida figura, con todo lo que él representaba. –Es hora de irnos, dijo. El farol que iluminaba las siluetas, bajó su intensidad como si hubiera un interruptor. –Estoy listo, ¿podemos caminar un momento y charlar?, lanzó la petición Robert Johnson y pensó: “Yo y el diablo caminando uno al lado del otro”, qué buena línea para un blues.

En el mundo bluesero existen muchas historias que involucran a la muerte, unas reales, otras ficticias. La más famosa es la leyenda que involucra a Robert Johnson. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar el terrible accidente que cortó la vida de Stevie Ray Vaughan en 1990. El 27 de agosto ofreció un concierto al lado de Eric Clapton en Alpine Valley Music Theatre en Wisconsin. Al concluir los músicos y el personal de apoyo abordaron cuatro helicópteros con rumbo a Chicago, según testigos las condiciones meteorológicas no eran las mejores. El tercer hlicóptero fue el que abordó Stevie, con las consecuencias que todos conocemos.

Existen más historias de bluesistas caídos, pero las más vergonzosas y criminales suceden en nuestro país desde siempre. En octubre pasado, un grupo de normalistas de Ayotzinapa fueron agredidos por las personas que supuestamente debían protegerlos. Hubo muertos, jóvenes muertos y 43 desaparecidos. Celebremos a los bluesistas que han partido, y desde la cruda realidad exijamos la aparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, víctimas de un sistema corrupto y de un estado débil y cooptado por el crimen organizado.  

¡Blues y justicia a los normalistas!

@yonamador
facebook.com/sincopablues

42-12 sesiones2Fotos: Escenas de la película Crossroads 1986

 

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