Jim Croce: un alma de paso
Hace unos días, desde el aparador de uno de esos sitios de venta de acetatos, -tan socorridos últimamente por el grado de decoración que ofrecen los viniles a las paredes de las habitaciones de las nuevas generaciones o como se hacen llamar ellos mismos «de alma vieja»-, encontré un rostro desconocido en la portada de un álbum, -demasiado joven, para ser preciso-, distinto al acostumbrado look qué portó en sus años de éxito y bigote poblado.
La portada del álbum ofrecía: Croce «Facets» primer álbum del cantautor norteamericano: Jim Croce; proyectando su aparente perfil fotogénico -el lado derecho del rostro- hacia una cámara posiblemente estática que enfocó el semblante de alguien que en apariencia empezaba a forjar ideas y sueños desde la experiencia ajena; capaz de soltar un poco los ideales acostumbrados y enfocar su creatividad en el llanto ajeno y su interés por el perdedor, puesto en el sobreviviente o en el desesperado dentro de una cabina telefónica, solicitándole a la operadora llamar a un número que apenas y se apreciaba en una cajita de cerillos, el de la chica en L.A.
Y al final, con la resignación que ofrece el fracaso y disimulando el dolor, terminó abrazando su desdicha, o de aquel que dio la cara al mundo y desmitificó el falso ensueño neoyorkino, o del artista asfixiado por el nudo en la garganta que deja el llanto amargo de las obligaciones cotidianas.
Sus letras son una antología de historias provenientes de un cómplice real y del imaginario; le fue suficiente con lo cotidiano del orgullo, la condición humana y la extraordinaria capacidad que posee el ser humano para lastimarse a sí mismo con el filo de la nostalgia que se vuelve tristeza, degollando sus sueños en el trayecto hacia una carretera que nunca osó transitar.
Apenas, a los treinta años le fue arrebatada la vida, en los aires, los mismos que atraviesa el justo, pero sin igual destino: en ese cielo que a diario miramos, solicitando misericordia, paz, energía, absolución y vida; desafortunadamente logró encontrarse con el final, sin tener el privilegio de dedicarse a sí mismo la historia de su propio desenlace.
