Un Paso Adelante

El toque místico de Charlie Watts

La noche del 20 de enero de 1995, durante el concierto que clausuró la primera gira de los Rolling Stones por tierras mexicanas, gracias a Charlie Watts pasé por una de las experiencias más extrañas y enigmáticas que he tenido asistiendo a eventos de rock, gracias a la cual descubrí el motivo de su grandeza.

Mi amiga Elsa y yo ocupamos dos lugares a una distancia cercana al escenario, donde escuchábamos bien y teníamos un buen punto de vista. Como el grupo inglés recién había lanzado el disco Voodoo Lounge, estaba realizando su respectiva gira promocional a escala mundial, con cuatro fechas en nuestro país. Por ello, el repertorio estaba compuesto principalmente con canciones de la nueva grabación, y otras once de distintas épocas, incluyendo Exile on Main St., Beggar’s Banquet y Let It Bleed, que no sólo están entre las más representativas de la banda, sino que también lo son del rock en general.

Ya habíamos escuchado algunas de las piezas esenciales en el repertorio de los Stones, como “(I Can´t Get No) Satisfaction”, “You Can´t Always Get What You Want” o “Honky Tonk Women”, cuando el espectáculo llegó a su último tercio.

Hubo un momento en el que Mike Jagger le dejó el micrófono a Keith Richards para que fuera él quien asumiera la voz cantante en una pieza. Y el bloque que siguió a su interpretación alcanzó un nivel supremo, con tres canciones que son parte del fundamento mismo del rock: “Sympathy For the Devil”, “Gimme Shelter” y “Street Fighting Man”, las tres al hilo.

Al iniciar ese tramo de la velada mi percepción del concierto empezó a cambiar, al tiempo que cambiaba el centro de mi atención. Estaba experimentando mi cuerpo de un modo inusual. Es complicado describir una vivencia tan íntima, pero lo voy a intentar para darnos una idea. La gente a mi alrededor bailoteaba trepada en sus sillas porque de otro modo era imposible ver al grupo. En contraste, tomé asiento para ver qué pasaba conmigo. Me di cuenta del sutil efecto que estaba surtiendo en mí el toque del baterista Charlie Watts, al que empecé a escuchar en primer plano, mientras el resto de los instrumentos pasaba al fondo y el griterío del público reducido a un murmullo.

En un espectáculo de rock, el cantante y los guitarristas suelen ser los que acaparan la atención. Y no es porque en este caso yo hubiera minimizado a Mick Jagger, Keith Richards o Ron Wood. Los tres, junto con Watts, conforman la sólida personalidad de los Rolling Stones. Simplemente, así ocurrió: me concentré en el sonido de la batería. Tomé consciencia de lo que pasaba en mí con el ritmo escuchando a Charlie, entonces un músico de 54 años, quien hubiera cumplido 84 este 2 de junio de 2025.

Quizá lo que estaba percibiendo de la forma de tocar de Watts era su exactitud, como émulo de pulsaciones vitales. Quizá conecté su fuerza con alguna reminiscencia infantil, pues de niño me impresionaba el sonido de los tambores de la banda de guerra de la escuela, y hacía como que los tocaba con ímpetu. Quizá parte de la cadena de transmisión era la fluidez con que tocaba Chico Hamilton, el baterista de jazz que Charlie admiraba y quien a su vez cultivó ese rasgo estilístico. Uno de mis preferidos, por cierto.

Qué paradójico es el haber permanecido quieto y guardando silencio, como diluido en un profundo e inmenso mar de gente desconocida, en medio de un concierto de los Rolling Stones, es decir, de un modelo de mega producción por su eficacia organizativa y lucrativa. Estuve así no sé cuánto tiempo. ¿Ausente? ¿Presente? ¿Ambas cosas a la vez? Recuerdo que lo primero que vi cuando abrí los ojos fue el rostro de Elsa con una expresión sonriente, quien se dio cuenta de que había salido de una especie de trance, respetado por ella en todo momento.

Nunca antes había experimentado algo así. Y no tuve punto de comparación para comprenderlo, hasta que en 2003 participé en una sesión de hipnosis como parte de un proceso de psicoterapia transpersonal. Con esta referencia de por medio, me di cuenta de que aquella noche en el concierto de los Rolling había experimentado un involuntario estado meditativo, con un aire místico.

Mi respiración y los latidos de mi corazón entraban en sintonía con los tambores de Watts. La música estaba siendo un catalizador de mi consciencia corporal y lo que hice fue dejarme ir. Paulatinamente sentí que se integraban en un solo universo los que tocan y los que escuchan. De acuerdo con el psicólogo Stanislav Grof, el experimentar esa desaparición de fronteras es una de las características de la experiencia transpersonal.

En mi fuero interno, Charlie Watts y su batería eran el principio unificador, como si sus baquetas representaran el poder de un mago que, lejos de obligar o dar órdenes, usa su don para propiciar un acto de congregación en el que la música se experimenta con toda su vitalidad, como un espacio para respirar a fondo.

La prueba de esa influencia y su beneficio energético está en que todos los integrantes de los Rolling Stones recibieron como despedida una ovación estruendosa, pero fue la dirigida a Charlie la que se manifestó con más fuerza y volumen, como una forma de reconocer sus propios méritos, autenticidad y compromiso en el escenario. Fecha histórica por ser la primera vez que los Stones se presentaban en México y en otros países de América Latina, en los que Charlie Watts fue homenajeado de la misma manera. Eso es grandeza de verdad.