God Save the Queen
Amelia me arrancó de la monotonía y me llevó a la antesala de lo conocido por el mundo y lo desconocido para este, su inseguro servidor. ¿Qué opinión merece el cuarentón que quiere hacer a esa edad lo que no hizo a los veintitantos?
Con ella suelo enredarme los miércoles por la noche asistiendo a los bares locales en busca de buena música. Siempre habrá buena música si tienes buen gusto; lo que abunda es lo común, pero cuando la noche te arropa con su manto solemne, encontrarás algo distinto y enormemente delicioso si tu oído sabe elegir con buen juicio.
Afuera del bar Hudson, escuchamos con embeleso una melodía de Etta James. Ahora lo recuerdo y fue necesario para mí buscar un mote adhoc para quien interpretaba “Cry Like a Rainy Day”.
Me permití bautizarle como: “La diosa rubia del Blues”, —escarchando con pulque el rojo ladrillo del suelo que sostenía la voluntad de un sitio que se negaba a fenecer— Era una mujer rubia, de tipo francesa, como a la que Amado Nervo sugiere, no hablarle de amor, por sus ojos azules de tan raro fulgor… Carisma y fuego, fiereza y valor entremezclados en perfecta conjunción de potencia vocal y esfuerzo. Presencia clara, con alma de blues.
A su lado, cuatro caballeros, virtuosos ante sus instrumentos, como extensiones de cuerpo que dominaban con la emoción provista de naturalidad. El de la batería a su ritmo, dictaba, anunciando la entrada con sus baquetas, en el un, dos, tres, común, pero siempre emocionante, antes del palpitar del corazón del instrumento. El tecladista, yendo de un lado a otro, en la atmosfera rítmica de las once de la noche.
Armonía y ritmo entremezclados para vender cara la muerte de la melodía con su solo de teclas. El de la guitarra, con la consigna de arrebatar grandeza a los dioses de la música, sin creer en la grandeza propia, —humildemente—, ni considerar que su talento radicaba en el esfuerzo que requiere emular al mejor, a un paso ya de consagrarse después de una improvisación poco generosa que demuestra el entusiasmo del artista.
El bajista, habitando el fondo de la escena, imponente y serio, concentrado en los dedos percutiendo las cuerdas, con el semblante del que cumple su labor con lealtad; yendo entre las sombras del espacio que crea la melodía en el instante nocturno que apremia el emerger de la nota desde el alma.
Esa noche, B.B. Queen formó el patíbulo donde sacrificamos el hastío que pretendemos arrancarle a la vida cuando deja de ofrecernos de a poco la satisfacción que no concede la cotidianeidad, llevándonos de la mano de Z.Z. Hill, Gary Moore, B.B. King, Etta James y el “Alfa y la Omega” Stevie Ray Vaughan. Y ante el inminente retorno a la realidad, sólo me restó implorar en voz alta: ¡God Save the Queen! frente al tumulto de la noche, el ruido interno y la nostalgia.
