Entre Blues y Buenas Noches

Este es el Camino

Con el tercer piso ofreciéndome su último peldaño y con un pie en el cuarto, fue inevitable que la mirada interna no atisbe en el melancólico mundo de la retrospección.

El último tirón del viaje me descolocó la cabeza y el corazón, había actuado la naturaleza con su inevitable llamado, embate furtivo que aún resiento en el alma, en las costumbres y en la romántica idea de levantar la cara al cielo y prometer al creador universal que en adelante todo lo ofrecido al mundo llevará un nombre propio. Contemplé los ojos cerrados del cuerpo bondadoso y noble en el espacio de lo inmaterial, que me ofreciera su último suspiro.

Por ahora, —como dijo Meursault— es un poco como si mamá no estuviera muerta.

Fue así, que terminé enalteciendo los sábados, que siempre nos abrazan con su aroma a limpio y a recién planchado, dejando en nuestros oídos todos los sonidos posibles, a los que intentamos darle forma, concentrándonos sólo en uno, para reconocer en él algo simbólico o agradable.

Fue turno de tres caballeros del Country en el frente de batalla, con su: Drinkin Problem. Mandalorians apareció fuera de la frivolidad de un sábado por la noche; acompañados por un armonicista que se ocultaba tímidamente entre el público y a ratos recibía la alternativa.

A piedra y fuego su versión de: Folsom Prison, hizo brotar baterías y guitarras imaginarias entre los asistentes; taconeos efusivos al suelo se escuchaban en perfecta sincronía de ritmo y uno que otro choque de vasos de cristal como brindis con cerveza artesanal trascendieron de la escena nocturna.

Alberta, Alberta, where you been so long?

Alberta, Alberta, where you been so long?

Ain’t had no loving,

since you’ve been gone.

Interpretación que Eric Clapton habría ovacionado de pie, previo al Tennessee Whiskey, colmando vasos, micrófono, gargantas y corazones.

No podemos permitirle el decaimiento al espíritu, ni al mundo sufrir por causas innobles, que lejos de congregarnos en el mismo espacio armonioso, nos aturde con su estela de insensatez y rencores, por eso debemos echar mano de la música, de ese encuentro en el que todos somos uno y en la unión aparece el sagrado color de la vida, apreciando el arte y sometiéndonos al ímpetu del ser humano que forja su talento en el crisol del bien común, de la alegría y del corazón, que en este tiempo de ciertas banalidades, se resiste a sentir; y eso hicieron ellos esa noche, compartir lágrimas de orgullo que nadie notó, sangre fluyendo en pos de una ilusión que por razón de su nobleza les hizo enternecerse ante el más puro deseo de ofrecer al mundo lo que llevan plasmado en el interior.

Ahora Mandalorians van y vienen, como la leyenda típica que se resiste a salir de la memoria, donde ya dejó recuerdos imborrables, energía, sangre, sudor y lágrimas. Ellos andan por ahí, entre aplausos y buena fe, atrayendo de regreso, hacia su causa, la vitalidad que ofrecieron al mundo, envuelta en sombrerazos, vibrar de cuerdas y melancolía, este es el camino, el que eligieron, el cual, será un privilegio andar junto a ellos.