Entre Blues y Buenas Noches

Desierto adentro

Entré a un recinto decorado por murales. Enormidad y color en el interior, con arcos dispuestos en las entradas de habitaciones sobrevivientes a siglos de costumbres convertidas en la tradicional sombra post-mortem de una era. Buscaba saborear la vida, con el gusto del condenado a muerte. Eran días de purga absoluta y sanación forzada. La memoria no se pierde mientras la melancolía no rechaza el afán del recuerdo.

Sobre barricas de vino, como testigos de un presente distinto a su época, en la que vieron ir y venir solemnidad profunda, yacían botellas de mezcal y sotol. Una calavera decoraba el cristal del envase. La calavera con sombrero apuntalaba evocaciones de una historia ajena, sostenida en un pasado exánime.

Llegaron susurros en ráfagas ligeras, sonidos de algarabía poblando el recinto, serpenteando en el espacio, como una víbora que vuela. “No trouble. We are ghosts…” nació un canto, que terminó siendo al final un murmullo afable.

Inició la música, como ofrenda simbólica a la gran consciencia en la tierra de áridos paisajes. De las paredes del recinto emergieron formas. No hubo miedo, ni ansiedad, nació gentileza mezclada con bondad y armonía que percibí en un abrazo que recibí. No era uno de ellos, de su mundo ni su esfera, pero me tomaron por uno, menos humano, quizás, pero igual de fraterno. “A the end of love…” otro susurro previo a una armonía musical del Delta, que contrastaba con la atmósfera desértica.

Cuando los parpados del día se cerraron y el velo de la noche cayó ejerciendo su autoridad ante la escena solar, me vi guiado por las formas, las seguí, hacia el ritual fraterno de la comunión, donde en su propio mundo la humildad no resultaba sacrificio y lo único que pudieras brindar de corazón era mejor que el aceite y la miel. Sentí gratitud, paz y una sagrada renovación espiritual; yendo ese camino, comprendí que adentro, definitivamente, el desierto, no es tan desierto. En el ritual de pacto me ofrecieron su elixir, recibí los dones de su cosecha. Su paz fue la mía, su generosidad conmovió mi arrogancia.

Estaba ahí, en otro recinto, junto a los colores que nacían en el fondo de una fuente de mármol y se mezclaban con el aire dentro, presintiendo por fin el dominio de bondades que habría de recibir. Había hurgado en la miseria y la oscuridad. Ahora, asombrado contemplaba todo lo que me había privado la profunda abnegación ante la vida, aceptando impurezas personificadas por falsas conciencias e ignorando sus vastedades.

En el momento que inició la música, la luna se observaba en plenilunio en el fondo estrellado de la bóveda suprema que nos rodeaba, entrando por los anchos círculos del techo en el nuevo recinto a donde fui llevado, cercana a todos, íntima, como la muerte. Nadie se había atrevido a cuestionar la majestad del cuerpo que se anunciaba en todo lo alto y mantuvo a media luz la superficie de la tierra hasta la llegada del alba.

Música continua en un espacio que no deformaba el tiempo, cuerpos que se mantenían unidos al alborozo general, atados a la armonía que musicalmente emanaba la fuente de colores. Pensé en un espacio de la muerte, pero no vi la luz al final del camino, la que anuncian con el afán de saberse guiados por fuerzas angelicales, hasta quien sabe que confín y en qué remoto lugar del éter o hacia la conciencia superior. Sólo contemplé y percibí lo que el escenario me brindaba, aceptaba el mundo que me contenía y el espacio que ocupaba… la corta felicidad.

No tenía más que aceptar el momento, hacerlo mío, recibir la música en el amplio espectro que cubrían los acordes que se pronunciaban en algún sitio, jugaba con el aire, la cabeza meciéndose al ritmo, la sonrisa y la alegría, el corazón en éxtasis, correspondiendo al fin al llamado de la vida.