Pamela: luz del mundo
Pamela, un sueño dentro de una fantasía, o una fantasía envuelta en un sueño. Hermosa, adorable y de corazón bondadoso. Todas esas virtudes fueron legadas por gracia del espíritu santo al no haber encontrado el Dios del cielo un mortal que poseyera un corazón de tal enormidad, capaz de resistir todas las virtudes creadas para la humanidad. Se derramaron en ella la gracia y los ensueños sagrados.
Aguardando la hora, miraba impaciente el reloj en su elegante muñeca. Era hora que el tren se acercaba, silbando a lo lejos y bufando en la cercanía del encuentro. Ella esperaba el tren, impaciente, había un lugar que debía visitar, el mar. Quería renacer de la espuma, refugiarse en los murmullos de las olas y arrullarse con el rumor de las gaviotas planeando en la costa.
Su cabello negro, cayó sobre los costados, ella no se atrevió a peinarlo con su mano, ni a alisar aún más su cabellera. Su hermoso rostro, de delicadas facciones se asomaba al espacio para percibir la presunta cercanía del tren que aplastaba las vías con el peso de los furgones aproximándose a donde ella esperaba. Tomó de su bolso una diadema dorada y la acomodó en su cabeza.
Quienes la contemplaron, sorprendidos a lo lejos lloraron y se arrodillaron sobre el suelo, creyendo que se trataba de una visión divina, un encuentro con la sagrada virgen María, por el destello del sol reflejándose en la diadema, provocando en ellos un alborozo superior, igual al que ofrecería el propio encuentro con la madre de Dios.
“Pamela, te veo aquí, en los sueños, en mis brazos, en la noche que grita tu nombre, en la presencia del manto estrellado que colma el infinito espacio de la inmensidad. En el amor que nadie ha merecido, en lo que el calor no consume, en esas almas que esperan ser abrasadas por el fuego de tus ojos. Aquí te siento, en el silencio de la noche, no tan oscura, porque la ilumina tu recuerdo. Aquí estoy, con los brazos abiertos. ¡Mírame con esos ojos hermosos! ¡Mírame! con esa mirada, en la que mi existencia quiere reconocerse, en ella, en lo más dulce que habré de contemplar hasta el último día. Estoy aquí, en la madrugada vacía, donde no existe nada que no sea tu presencia, donde no habita más que el temor de no verte otra vez. No tardes, te espero, como una madre espera al hijo pródigo, como Dios espera el arrepentimiento del pecador, para arroparlo con su amor incondicional. Así es mi amor por ti, incondicional, con la voluntad de vivir si el sol brilla en tu humanidad, con la fe puesta en lo divino”.
Pamela guardó la carta, firmada solamente con las iniciales: JC.
El tren se acercó y ella tomó su lugar junto a la ventana. Se alivió al sentir el cojín de plumas donde pudo asegurar su cansancio. El viaje comenzó, el mar le esperaba, con su fuerza en equilibrio, con la paz que despliegan la brisa y la arena. Miraba por la ventana la escena de los valles y montes de formas irrepetibles a lo lejos, el sol despidiéndose de ella para tomar su lugar del otro lado del mundo y darle la oportunidad a la luna de poder contemplarla durante su viaje, hasta que por fin el sol la despertara del hermoso sueño que le provocaba cada día la sonrisa más sincera y hermosa que ser humano ofreciera al mundo.
“Pamela: Quiero reconocerte en todo. Es claro para mí que estoy en este plano para disfrutar de tu existencia, porque te quiero así, como tú eres, con esa valentía con la que enfrentas la vida a pesar de todo. Creo que lo más hermoso y real es amar lo que está muy dentro tuyo, lo que no muestras al mundo y lo que se oculta detrás de una sonrisa afable. Quiero reconocerte en todo para amarte mejor. Soy dichoso, al saber que existes y que tu misión en esta vida es alegrar los corazones de los seres humanos que sufren. No le niegues ese amor a quien ya no calla, ni tu dulzura al mundo que te trajo y no podía ser todo tan perfecto como tu alma, como tus manos, como tu amor. Estás donde te quiero, en la conciencia mía…”.
JC
El viaje continuaba, el tren atravesó la loma por la hendidura creada en la base por manos humanas. El ajetreo del furgón advirtió que habían abandonado el hueco en la loma. Bostezó, sus ojos húmedos brindaron al mundo el hermoso espectáculo de su parpadeo. Sus manos blancas enjugaron las lágrimas de sueño y volvió a abstraerse en sus pensamientos, en las cartas, en su conciencia, en la vida que ofrecía a los demás sólo con saber que ella existía, y lo ignoraba. Nada le era ajeno y lo propio lo había ganado a fuerza de simpatía y ternura. Las nubes avanzaban detrás de los furgones, como serafines que escoltaban la pureza de una deidad. El sol le golpeó el rostro, límpido y con luz propia. Desperezó su cuerpo, pequeño y en proporción perfecta con el espacio creado para ella en este mundo.
“No pienses que pueda olvidarte. Y aunque estés lejos de mí, no lo estás, porque tengo tu recuerdo, ese ni Dios padre me lo quita. Es un privilegio que él me ofreció al brindarme este cuerpo; lo supe en el vientre de mi madre, no lloré entonces, porque mis únicas lágrimas las derramaría por ti si tu me olvidabas, si tú no pudieras entregarme lo mismo que yo estoy dispuesto a entregarte, Pamela. Recuerdas mis manos, son grandes junto a las tuyas, estas manos de hombre que amarían cobijar las tuyas y acariciar tu rostro, estas manos ateridas que han ganado lo que tienen. Lamento no haber llegado antes a tu vida, lamento haber venido antes que tú a este mundo, habría intentado con todas mis fuerzas evitarte cualquier sufrimiento inmerecido; pero estoy aquí, en el momento justo, en el dispuesto por Dios. Abre tu corazón y déjame entrar en él…
JC
Ella contempló el mar. Sus ojos hermosos se colmaron de la magnitud de la creación celeste que se regodeaba ante su presencia. A lo lejos las rocas donde las gaviotas se paseaban y el cielo vacío y absorto no mostraba nubes que obstruyeran su hermosura a los ojos de los astros lejanos y ajenos a la tarde. La espuma le cubrió los pequeños pies y la arena húmeda le acarició las plantas, limpias de tristeza, de dolor, de frustración. Pamela no lo notó, pero estaba creando un mundo donde un alma ansiaba existir, donde cualquier mortal que osara habitar una porción de tierra sería sorprendido por el abrazo más dulce que pudo recibir jamás.
A lo lejos un barco pesquero. Los pescadores agitaron sus brazos y golpeaban la quilla con las palas de los remos de emergencia en señal de alegría, al mirarla apenas, ella los esperaba, el viaje comenzaba, iría con ellos como les había prometido cuando era una niña y todos se desvivían por colmarla de lo más bello; se había ganado todas las atenciones y recuerdos dulces, simplemente por ser lo que estaba destinada a ser, un ser humano colmado de nobleza. Pero se resistía, algo en tierra no la soltaba, debía sujetarse a la emoción de la vida mundana, al encuentro con lo que sabía muy suyo, a la complicidad de las almas destinadas a la pertenencia.
De sus ojos brotaron lágrimas, desde esos ojos que el mismo Dios se enternecía al verlos así; tomó las cartas y las echó al mar; y dio marcha atrás. Ella, luz del mundo, vida común y extraordinaria, regresó, a donde el abrazo es ciego y caluroso, donde lo fraterno y amoroso existen y llevan Pamela por nombre propio, a donde consagró su vida y es la parte vital de un corazón que sufre si no la tiene cerca. Pamela, valiente, astuta y bella…
