Un Paso Adelante

Una detonante evocación de la Franklin

Realicé una corta caminata por la colonia Juárez que detonó mi memoria y me hizo pensar en cómo opera. Quiero compartir esta experiencia de activación cognitiva porque considero que la capacidad de autoobservación que entraña es una cualidad crítica y necesaria para quienes nos hemos dedicado a la producción ejecutiva en el rock o en el blues, permite comprender nuestras habilidades como productores y nuestros propios procesos creativos, elevando la calidad de la comunicación.

El siguiente recorrido empieza con un brote involuntario de recuerdos que, paso a paso, en forma simultánea con el movimiento, va cobrando sentido en mi vida presente. Espero que esta ruta les motive a emprender sus propias búsquedas.

Hace unos días, salí de la estación del Metro Cuauhtémoc a las 11 de la mañana rumbo a las instalaciones del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, caminé por la calle de Berlín hasta llegar a Londres; en esa esquina giré a la izquierda y a unos pasos está el número 16 que buscaba.

Me llevé una gran sorpresa al advertir que el edificio del INBAL es el mismo que años atrás ocupaba la Biblioteca Benjamín Franklin. Entonces sobrevino un cúmulo de recuerdos que en unos cuantos minutos adoptaría la forma de un mosaico imaginario.

Mientras esperaba en la recepción, ubiqué en el tiempo tres colonias que entre 1975 y 2006 -mientras vivía en la Nativitas-frecuenté por motivos de estudio, trabajo o diversión, tanto que se convirtieron en mis rumbos: Roma, Condesa y Juárez.

En la última, mi lugar preferido era la Biblioteca Benjamín Franklin, a la que seguido acudía atraído por su oferta de libros de psicología, música y contracultura, y por un servicio inusual incluso hoy en día, el préstamo a domicilio de elepés con atractivos contenidos en música clásica, electrónica, folk, jazz, blues. Oferta que era como un imán para jóvenes de mi generación, nacidos en los cincuenta.

Mi afición al blues inició escuchando discos de esa colección, sin imaginar que ese gusto primero cobraría importancia existencial, y luego profesional con el impulso de proyectos relacionados con esta música.

Cabe recordar que se llevaron a cabo en la Franklin varios conciertos de blues cuando estaba ubicada en Liverpool 31. Según información que me proporcionó José Luis García Fernández, director de la revista Cultura Blues, participaron grupos y solistas como: Gary Lucas -ex guitarrista de Captain Beefheart-, Estación Monrovia, Rhino Bluesband, Cultura Blues Project, Johnny Burgin, La Rambla, La Blues Band, Viri Roots & The Rootskers, Sof de León, Daniel Reséndiz & Elihú Quintero, y Chicago Kings.

La difusión del blues en nuestra ciudad ha tenido en la Franklin un importante aliado. Dejé de frecuentarla al iniciar los noventa. Con el tiempo las vivencias asociadas a ella se convertirían en reminiscencias que irrumpirían en mi memoria sin pedir permiso, como elementos que integran al momento un proceso de recordación originalmente deshilvanado.

Sentado en una banca, me llamó la atención que entraban y salían de las oficinas cantidad de jóvenes que quizá no conocen (o quizá sí) la historia del edificio que visitan o donde trabajan. La Franklin ha tenido distintos domicilios, actualmente se ubica en la colonia Irrigación, Alcaldía Miguel Hidalgo, convertida en el Centro Benjamín Franklin, su nombre actual, con una gran variedad de servicios.

Enfrente de Londres 16 hay un hotel en el que realicé una importante entrevista con el grupo cubano Síntesis, en 1988 o 1989. Su importancia radica en lo que representa el testimonio de una relevante agrupación en la historia del rock.

Al salir del local que ocupa el INBAL desde 2004, caminé por Londres hacia Dinamarca, calles que antaño recorrí una y otra vez. En la esquina que hacen ambas estaba el Gabi´s, famoso café que conocí y visité a fines de los setenta y que cambió de domicilio tiempo después.

En la contraesquina había una icónica peletería en la que compré varios artículos, entre ellos una mochila de cuero que conservo desde 1982, cuando recién había egresado de la UNAM. Es de las que se cuelgan en el hombro y que me sirvió como distintivo en lugar del portafolio, símbolo de un estatus que no me interesa.

En otras palabras, estaba recordando la Plaza Washington como era en otros tiempos, a fines de los setenta y principios de los ochenta, más apacible, con vida de barrio.

Hoy, esa plaza es otra, dominan -en ella o en las cercanías- los comercios de ropa exclusiva (boutiques), cafeterías de especialidad, bares o restaurantes de comida internacional. Son puntos de reunión actual que a decir verdad nada me dicen, pero que me llevaron a recuperar los recuerdos de un ambiente familiar, con cierto aire bohemio.

Elaborar esos recuerdos mediante textos autobiográficos resulta indispensable para mí porque es una manera de mantener en forma la plasticidad de mi cerebro, aviva mi consciencia, algo necesario para una persona mayor. Es más que un mero ejercicio, veo esa práctica como una forma de reconfigurar mi identidad personal, manteniéndola, ¡oh paradoja!, en el presente.

Si hay algo que me permita estudiar la memoria, es la observación reflexiva de la mía. La memoria es un archivo de experiencias -eventos significativos de nuestra vida puestos en contexto espacial y temporal-, dinámico y vivo que me mantiene en un aprendizaje perpetuo.

Para regresar a casa, cerca de mediodía, seguí caminando por Dinamarca hasta dar vuelta en Avenida Chapultepec, hacia la estación del Metro Cuauhtémoc.

Al observar las oficinas corporativas y los enormes edificios que ahora se elevan por encima de las viejas casonas o de los antiguos departamentos que han sobrevivido, experimenté una sensación física, como un estremecimiento, al comprender de golpe que el mapa mental que me había hecho con los años permanecía intacto, mientras se iba formando en mi consciencia el mapa real. Y no por eso me sentí desubicado.

Esas construcciones sobrevivieron, primero a los terremotos de 1985 -cerca de aquí murieron el músico Rockdrigo González y su pareja, víctimas de un derrumbe-, y luego al embate de la gentrificación que está en marcha.

Para un productor ejecutivo de rock o blues, escribir con enfoque autobiográfico tiene consecuencias prácticas, por ejemplo: se desarrolla nuesta capacidad de autoobservación; aprendemos a ubicar nuestra historia personal como parte de una historia general; algo crucial porque así entendemos de dónde venimos y cómo hemos tomado las decisiones que han forjado nuestro carácter durante ese trayecto; lo cual a su vez afina nuestra sensibilidad para evaluar nuestras decisiones actuales. Y lo más importante: nos volvemos más conscientes del papel que tenemos los productores ejecutivos en la construcción de la memoria colectiva que atañe a la música que nos importa.

El flujo involuntario de recuerdos que experimentaba al recorrer la colonia Juárez, más que ganas de volver al pasado, surgió como una activación cognitiva con una pregunta de por medio: ¿Cómo es mi relación con la ciudad, con mi lugar de pertenencia? Y con algunas pistas para responderla: esa activación fortalece el vínculo de mi memoria con el sentido de orientación -capacidad para reconocer puntos de referencia-, contribuye a renovar mi percepción del entorno urbano con una fuerte carga afectiva, reconociéndolo como parte de mi historia personal o biográfica.

La plaza Washington ya no es como era antes.

“Antes” …

¡Qué adverbio tan elocuente!

Marca el tiempo pasado, pero ordena la experiencia en el presente.

Imagen: la Plaza Washington hace 45 años o algo más. Publicación en Facebook de Historias de la Ciudad de México