Avándaro, cuando la fiesta se salió de control
Avándaro, cuando la fiesta se salió de control. A propósito de la película Autos, mota y rocanrol.
¿De qué trata Autos, mota y rocanrol? Se ha generalizado la idea de que acerca del Festival de Avándaro, pero según mi lectura el tema principal es otro. Los festivales masivos de rock nacieron como fenómenos culturales a partir de 1967, con el Monterey Pop Festival. Cuando se llevó a cabo el de Avándaro, en 1971, ya habían tenido lugar al menos una docena de ellos en ciudades de Estados Unidos e Inglaterra, y varios más en Chile, Argentina y Colombia. Ahora bien, la película dirigida por José Manuel Cravioto no nos lleva a esa clase de experiencias, contemporáneas del festival mexicano, sino a otras relacionadas con el mundo de los negocios, enfocadas en un emprendimiento: la fallida organización de un espectáculo automovilístico que fue desplazado por otro musical con resultados desastrosos: fue un fracaso en lo económico, resultó nefasto en lo político, y alcanzó un triunfo pírrico e involuntario en lo cultural.
El punto de vista alrededor del cual se desarrolla la historia es el de los organizadores, según esta versión encabezados por Justino Compeán, a la sazón vicepresidente de McCann Erickson, una de las principales agencias publicitarias en el mundo, y por Eduardo López Negrete, a quien no se le acredita cargo alguno, lo muestran como entusiasta del automovilismo con experiencia en la organización de carreras. Otros integrantes del equipo de producción apenas y son tomados en cuenta, como Luis de Llano y Carlos Alazraki.
Que tal sea el enfoque no extraña, ya que uno de los principales productores es el mismo Justino Compeán, quien colaboró como fuente de información de primera mano, siguiendo de cerca el desarrollo del proyecto. Después del Festival de Avándaro, sus jefes lo instalaron en Brasil, y luego de cuatro años regresó a México incorporándose a Televisa y a la Federación Mexicana de Futbol.
Sostengo por eso que Autos, mota y rocanrol aporta una mirada original hacia ciertos aspectos del sector empresarial, en particular del ámbito publicitario. Los primeros veinte minutos son cruciales para entender el resto. Muestran cómo se formó una red de intereses comunes para producir el evento a partir de la iniciativa de Compeán y López Negrete. Y trazan la ruta que llevó a su concreción, con las dificultades que hubo de por medio, desde la concepción de la idea, en julio de 1971, hasta su desastrosa realización dos meses después, el 11 y 12 de septiembre. La conformación de ese red incluye el rechazo de Jim Stanton, presidente de McCann Erickson y jefe de Compeán, la ruptura de la sociedad que hizo López Negrete con su madre y hermana, y el apoyo de otros personajes.
Los puntos críticos de esa ruta son, por un lado la noticia que le da Eduardo a su amigo Justino en cuanto a que conoció en un club a “los hijos de Hank”, refiriéndose a los hijos de Carlos Hank González, gobernador del Estado de México, gracias a quienes se facilita la obtención de los permisos; y por el otro, la entrevista de ambos socios con Vicente Fox Quesada (sí, el mismo), director de mercadotecnia de Coca Cola, cuya cuenta en McCann Erickson estaba a cargo de Compeán.
En ese encuentro, el mismo empleado de la marca evidencia que los promotores de la carrera automovilística carecen de una investigación de mercado que avale su proyecto, con solo hacerles una pregunta que no responden de manera satisfactoria: “¿Por qué quieren hacer unas carreras?”. Antes, el jefe de programación de Telesistema Mexicano había rechazado la propuesta por falta de atractivo para la audiencia.
Justino y Eduardo se ven como jóvenes torpes, indecisos, ignorantes de cuestiones básicas, pero simpáticos por el tono humorístico de la historia. El primero, luego de advertir que Coca Cola ha hecho campañas con exponentes de la música popular mexicana, al mirar sus fotografías colgadas en la pared, se saca de la manga la idea de agregar como atractivo de la justa deportiva números musicales con grupos de rock, “la música preferida de la juventud”, argumenta. Sugerencia que Fox acepta sin objeción alguna, autorizando que la marca patrocine el evento, patrocinio sin el cual no se hubiera hecho realidad. Así, determinante, fue su decisión.
En lo futuro, y de buenas a primeras, según el diálogo en turno, el plan original de transmitir en vivo por tv una carrera de automóviles con venta de tiempo para anunciantes, se convierte en lo que hoy conocemos como el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, su nombre completo. Las fricciones habidas entre los jóvenes emprendedores, por asuntos económicos o de concepto, luego de la intervención de Coca Cola dejan en un lugar preferente a Justino.
La película está bien blindada en contra de posibles críticas por no apegarse a la realidad. Al principio aparece un aviso que define su contenido como “la leyenda del Mexican Woodstock”, con una advertencia: “Inspirada en hechos reales… y otros no”. Esta última declaración, pese a su marcada ambigüedad, no deja lugar a dudas en cuanto a que la ruta que he descrito deja ver algo del tejemaneje en el que se mezclan los negocios con la política, ‒tejemaneje: “enredo poco claro para conseguir algo”, según el Diccionario de la lengua española‒ con la intervención de funcionarios, agencias publicitarias, marcas comerciales, la televisión (Telesistema Mexicano, después Televisa), estaciones de radio y compañías disqueras promotoras del rock mexicano, también conocido como “onda chicana”.
Volvamos al encuentro de Justino y Eduardo con Fox. ¿Por qué fue determinante el patrocinio de Coca Cola? Porque hubo algo más, eso que se llama “capital semilla”, según declaró en entrevista reciente Justino Compeán (Lounge México, “¿Sabías que el icónico festival de Avándaro tuvo un apoyo inesperado?”, Instagram, 17 de septiembre de 2025).
Ese capital, entre otros, incluye rubros como cobertura de gastos operativos junto con la elaboración de un plan de negocios. El “capital semilla” se aplicó para que despegara el proyecto. Eso quiere decir que la marca (o sea Fox) vislumbró un desarrollo a mediano y largo plazo pertinente con la estrategia de Coca Cola para captar consumidores. La refresquera ya había patrocinado las olimpiadas del 68 y el mundial del 70. Para 1971 estaba enfocada en captar el mercado juvenil con campañas que edulcoraban los ideales hippies, como el de una convivencia pacífica.
Pero no ocurrió tal cosa. Debido a las catastróficas consecuencias del festival, las marcas reconocidas no volvieron a patrocinar el rock mexicano sino hasta fines de los ochenta, en medio de la engañosa apertura del gobierno salinista, y con Pepsi Cola como vanguardia publicitaria. Mientras que Coca Cola recuperó su interés por el rock mexicano en 1995, patrocinando el Primer Abierto Nacional de Rock, concurso para bandas emergentes ganado por Molotov.
La digresión hecha en los dos últimos párrafos, evidentemente, no se refiere al contenido de la película, pero es necesario tomar en cuenta esas referencias para comprender de mejor manera el encuentro que en la pantalla tienen los jóvenes empresarios con Vicente Fox, expuesto sin las complejidades que supone una negociación así. Por cierto, los tres fueron amigos y compañeros de generación en la Universidad Iberoamericana, 1960-1964.
Autos, mota y rocanrol no busca el distanciamiento crítico sino la adhesión del espectador, presentándole una comedia con la cual identificarse, salpicada de toques irónicos y sobresaliente por ciertos personajes caricaturescos, como las parodias que hacían de los hippies y roqueros en programas de Televisa, actuadas por cómicos como Los Polivoces, Manuel Loco Valdés, Alejandro Suárez o Héctor Suárez.
Han sido poco estudiados el modelo de negocio que sirvió para producir el Festival de Avándaro, la organización interna de la empresa y su sistema de relaciones externas, y cómo influyeron estos elementos en la conformación de la futura industria de los espectáculos musicales, a pesar de que son un factor esencial para desentrañar el significado histórico del evento.
El falso detrás de cámaras, quizá sin proponérselo, o quizá a propósito, muestra que la leyenda del dizque “Mexican Woodstock” surgió de un evento cuyos organizadores descuidaron la revisión de festivales masivos previos con el fin de aprovechar esas experiencias para un mejor manejo de la multitud, calculada en 200 mil o más asistentes. De ahí el revelador subtítulo: En Avándaro, la fiesta se salió de control, hermano. Esto sí es real.
La película dirigida por José Manuel Cravioto no se instala en la nostalgia sino en una práctica vigente: la improvisación en empresas, en el ámbito político, en la cultura, la cual puede llegar a tener serias consecuencias, no es una práctica trivial. En el caso del festival avandarense, las repercusiones negativas no sólo afectaron a los organizadores o a los grupos participantes, sino también a todo un sector de la sociedad que fue estigmatizado desde el poder, vulnerando su identidad y el derecho a producir su propia vida.
El presente texto sirvió de base para compartir la conversación acerca de Autos, moda y rocanrol, que se llevó a cabo como parte de la programación de Cínica Festival, dedicado al vínculo del cine con la música, en la Sala Oled de la Cineteca Nacional, el 24 de noviembre de 2025, con la participación de Raúl Miranda (investigador y coleccionista), Sergio Raúl López (periodista cultural), Mario Ortega (Director de Cínica Festival) y Rodrigo Farías Bárcenas (periodista y productor cultural ejecutivo).
