Blues en el Viento

José Agustín y la contracultura mexicana 1

José Agustín y la contracultura mexicana:

Una representación crítica de la juventud en la novela “Se está haciendo tarde”

La segunda mitad del siglo XX en México estuvo marcada por la modernización económica, el autoritarismo político y la emergencia de movimientos sociales y culturales que cuestionaron el orden establecido. Dentro de aquellos movimientos de carácter cultural, es precisamente la contracultura juvenil en México la que se consolidó como un movimiento de resistencia social y de experimentación literaria, particularmente en la década de los sesenta.

Escritores, músicos y artistas mexicanos jóvenes se convirtieron en portavoces de una sensibilidad crítica que buscaba alternativas frente a la rigidez del sistema político y social.

En este contexto, la obra de José Agustín ocupa un lugar importante. Su narrativa, vinculada a la llamada “literatura de la onda”, representa una de las expresiones más significativas de la contracultura mexicana. Novelas como La tumba (1964), De perfil (1966) y Se está haciendo tarde (final en laguna) (1973), además de capturar la voz de una generación, contribuyeron a consolidar la contracultura como fenómeno literario y también histórico.

El presente ensayo analiza la contracultura mexicana y su vínculo con la obra de este autor como una fuente histórica para comprender las sensibilidades, tensiones y resistencias de la juventud mexicana en el siglo XX.

La contracultura en México

La historia de la contracultura en México está marcada por un contexto social y político caracterizado por la modernización, el autoritarismo gubernamental y la represión de los movimientos juveniles. A partir de la década de los años cuarenta hasta los setenta, el país atravesó un proceso de transformación económica que, si bien generó crecimiento bajo el llamado “desarrollo estabilizador”, también profundizó la desigualdad y consolidó el autoritarismo del sistema político. El régimen priista se sostuvo en la centralización del poder presidencial, el control corporativo de los sectores sociales y en la represión sistemática de toda disidencia, especialmente de parte de los jóvenes universitarios y obreros inconformes.

José Agustín plantea que aunque el contexto ya no era exactamente el mismo, gran parte de la sociedad continuaba con los viejos prejuicios y se complacía en los convencionalismos, en el moralismo “fariseico”, en el enérgico ejercicio de machismo, sexismo, racismo y clasismo, y en el predominio de un autoritarismo paternalista que apestaba por doquier. En este escenario surgió la contracultura como un espacio de resistencia y de búsqueda de nuevas formas de identidad.

Los jóvenes comenzaron a cuestionar los discursos oficiales, las normas familiares y escolares, así como los modelos culturales dominantes. En gran medida, la contracultura mexicana estuvo inspirada en los movimientos internacionales, como en la generación de escritores beatnik, la filosofía existencialista, el rock and roll y posteriormente el movimiento hippie; esta contracultura nacional también adquirió rasgos propios en función de su historia y de las condiciones particulares de represión política.

Los primeros signos de contracultura se manifestaron en los pachucos de los años cuarenta, cuya estética y comportamiento significaron una ruptura con los códigos tradicionales. Como recuerda Agustín desde siempre, los jóvenes de ascendencia mexicana en Estados Unidos han vivido contextos de severa explotación, marginación y discriminación, a estos jóvenes se les empezó a conocer como pachucos. En ellos se condensaba una actitud de desafío frente a la discriminación racial y social, una especie de contra identidad que, con el tiempo, se trasladó a México como un símbolo de inconformidad juvenil.

Posteriormente, en la década de 1950, surgieron los “rebeldes sin causa”, inspirados en el cine norteamericano con películas como “Semilla de maldad” (1955), “El rebelde sin causa” (1955), protagonizada por James Dean y Marlon Brando, que representaban la rebeldía individual frente a un sistema rígido y autoritario. A esta influencia se sumó la expansión del rock and roll, que proporcionó un lenguaje musical de protesta, erotismo y libertad. José Agustín señala que, aunque los medios conservadores lo veían como un fenómeno de corrupción juvenil, en realidad fue un vehículo de liberación simbólica, es decir que el rock ofreció a los jóvenes un medio de expresión propio, distinto de las formas culturales tradicionales que la sociedad adulta pretendía imponer. 

El proceso se radicalizó en la década de 1960 con el surgimiento de los hippies mexicanos, es decir los jipitecas y de la llamada “literatura de la onda”. Escritores como Parménides García Saldaña, Gustavo Sáinz y el propio José Agustín dieron voz a esta contracultura literaria, narrando la experiencia juvenil desde la perspectiva de la irreverencia, la experimentación con drogas y la música rock.

La obra Se está haciendo tarde (1973) se inserta en esta experimentación literaria, mostrando precisamente la manera en que la juventud urbana mexicana se debatía entre el deseo de autenticidad y la opresión del sistema político. No puede comprenderse este proceso juvenil sin aludir a la represión del Estado.

Los movimientos estudiantiles de 1968 y 1971 revelaron la contradicción fundamental entre un gobierno que proclamaba modernidad y desarrollo, pero que mantenía mecanismos autoritarios de control. Las grietas del sistema se percibían por doquier; capas minoritarias, pero muy significativas, de la sociedad exigían una verdadera democracia, y por todas partes una efervescente voluntad de expresión pugnaba por abrirse paso. 

En este sentido, la contracultura en México no fue únicamente un fenómeno estético o juvenil, sino una respuesta política y cultural frente al autoritarismo. Fue, como comenta Agustín, una forma de “cultura alternativa” que buscaba nuevas formas de vida, de sexualidad, de espiritualidad y de comunidad.

La juventud como protagonista de la contracultura en México

Uno de los rasgos de la contracultura fue la centralidad de la juventud como agente de cambio social y cultural. A diferencia de otros movimientos encabezados por obreros o campesinos, la contracultura tuvo como motor principal a estudiantes, artistas, músicos y escritores jóvenes que se rebelaron contra las normas impuestas por la familia, la escuela, la iglesia y el Estado.

La juventud mexicana de mediados del siglo XX creció en un país que proclamaba el discurso del llamado “milagro económico”, período de crecimiento económico sostenido en México (1940-1970), caracterizado por una industrialización enfocada en la sustitución de importaciones y un modelo de desarrollo estabilizado; pero en el que las estructuras sociales permanecían rígidas. Por ello muchos jóvenes de clase media no se sentían a gusto, las formas de vida en la familia y en la escuela resultaban camisas de fuerza; el deporte y las diversiones no bastaban para canalizar la enorme energía propia de esa edad. 

Esta insatisfacción juvenil se tradujo en la búsqueda de espacios alternativos de expresión y en la construcción de nuevas identidades colectivas. Por ello, la juventud mexicana se convirtió en protagonista, ya que encarnaba la tensión entre la modernización y la tradición en el país. Por un lado, tenía acceso a nuevas formas de consumo cultural, como el cine, radio, televisión, discos importados, los cuales abrían ventanas al mundo extranjero y permitían el contacto con movimientos juveniles globales.

Por otro, seguía sujeta a una estructura familiar y social autoritaria que pretendía controlar su comportamiento, su sexualidad y su visión política. Esa contradicción impulsó la emergencia de una contracultura con un fuerte componente generacional, por ello el papel de la juventud se expresó de manera tan importante en el movimiento estudiantil de 1968.

La represión en Tlatelolco mostró cómo los jóvenes habían pasado de ser considerados una “promesa de modernidad” a convertirse en “enemigos del orden público”. La derrota de Tlatelolco les hizo pensar que la mejor vía para revolucionar el país consistía en la lucha armada, mientras otros optaron por radicalizarse en la cultura, la música y la escritura.

Esta experiencia de violencia de Estado dejó una huella indeleble en la conciencia juvenil. A partir de entonces, la juventud contracultural no sólo buscó la liberación individual a través de la música y las drogas, sino también nuevas formas de comunidad y resistencia frente a la represión. Surgieron así colectivos artísticos, revistas alternativas, espacios de rock y encuentros juveniles masivos como el Festival de Avándaro (1971), que aunque reprimido y estigmatizado posteriormente, se convirtió en un referente simbólico de la juventud mexicana como fuerza cultural.

Cabe resaltar que la contracultura juvenil en México no fue homogénea. Existieron diferencias de clase, género y región que marcaron sus propuestas. Los jipitecas urbanos, por ejemplo, tenían una visión más vinculada con el rock, la psicodelia y la espiritualidad oriental; mientras que otros jóvenes optaron por la militancia política, inspirados por el marxismo y las guerrillas latinoamericanas. Aun con esas diferencias, todos compartían un rechazo al autoritarismo y una búsqueda de autenticidad.

En la literatura mexicana, la juventud apareció como un tema importante. La llamada “literatura de la onda” buscó reproducir el lenguaje coloquial y las preocupaciones de los jóvenes de los años sesenta. En palabras de José Agustín, era necesario narrar desde la perspectiva de quienes vivían la rebeldía, por lo que el autor refiere: Me interesaba que la mayor cantidad de lectores, de cualquier edad o clase social, se enterase de estos asuntos, los verdaderos protagonistas de la contracultura eran los chavos.  Con ello, se dio visibilidad a experiencias que hasta entonces habían sido marginadas por la literatura oficial.

La importancia de las temáticas juveniles en la contracultura mexicana radicó, entonces, en su capacidad de transformar la inconformidad en un proyecto cultural más amplio. A través de la música, la literatura y las prácticas cotidianas, los jóvenes articularon una crítica a la hipocresía social, al autoritarismo político y a la desigualdad social estructural. Su rebeldía fue una forma de subjetivación colectiva que marcó profundamente la cultura mexicana en las décadas posteriores.

La contracultura como movimiento cultural y social

Como ya hemos dicho, la contracultura en México articuló formas de resistencia frente al sistema político autoritario y a los valores conservadores de la sociedad mexicana. Su fuerza radicó en la capacidad de cuestionar las bases simbólicas de la cultura dominante: la familia, la moral sexual restrictiva, el nacionalismo oficialista, el consumismo y la obediencia al Estado.

En este sentido, la contracultura funcionó como lo que el escritor galés Raymond Williams denominó una “cultura alternativa”, es decir un espacio en el que los sectores subordinados o inconformes construyen nuevas prácticas, significados y estilos de vida. José Agustín lo resume al señalar que la contracultura mexicana fue, esencialmente, una manera de rechazar, trascender, oponerse o marginarse de la cultura dominante, del sistema. 

El impacto social de la contracultura se manifestó en diversos campos artísticos, y fue en la música, especialmente en el género del rock, que se convirtió en el lenguaje más poderoso de la contracultura. Bandas mexicanas como Three Souls in My Mind, Love Army o El Ritual tradujeron la rebeldía juvenil en canciones que desafiaron la censura y lograron expresar el malestar social. Una efervescente voluntad de expresión pugnaba por abrirse paso.

El uso de los alucinógenos no sólo implicaba experimentación, sino también la búsqueda de estados alterados de la conciencia que se interpretaron como caminos de liberación. En este punto, la contracultura mexicana buscó dialogar con prácticas indígenas, como el consumo ritual del peyote entre los huicholes, que fueron reinterpretadas por los llamados jipitecas. Las relaciones libres, la exploración erótica y la ruptura con la institución matrimonial representaron una revolución simbólica dentro de la vida mexicana cotidiana.

La dimensión social de la contracultura se entiende mejor si la situamos en el contexto histórico de la posguerra y la Guerra Fría, la desigual distribución de la riqueza motivaba protestas y manifestaciones populares, reprimidas sistemáticamente. 

En este vacío, la contracultura operó como un espacio de disidencia simbólica, un lugar en el que la juventud canalizó sus frustraciones y esperanzas. Al mismo tiempo, la contracultura tuvo límites y contradicciones ya que no logró articularse en un proyecto político amplio y muchas de sus expresiones fueron reprimidas por el Estado.

La censura mediática, la vigilancia policiaca y la represión directa, dificultaron su consolidación como un movimiento masivo. Sin embargo, su influencia cultural fue duradera ya que sembró nuevas formas de lenguaje en la literatura y en la forma de hacer música mexicana que impactaron en las siguientes generaciones.

Podemos decir que la contracultura en México fue un movimiento cultural y social de considerable alcance, mismo que logró poner en entredicho las bases del orden establecido por el Estado y que abrió espacios de expresión social para la juventud en México. No se trató de una mera imitación de modelos extranjeros, como decía el Estado, sino de una apropiación creativa que cuestionó la historia y las tensiones propias del país.

José Agustín y la contracultura

José Agustín Ramírez Gómez nació en Acapulco en 1944, en un contexto de profundos cambios sociales en México. Etapa en la que la economía creció a ritmos elevados, mientras se consolidaba el autoritarismo del sistema político priista. Esta tensión entre modernización y represión marcaría la obra de José Agustín.

Desde muy joven mostró inclinación por la escritura y se formó en el taller literario de Juan José Arreola, donde comenzó a dar forma a su estilo innovador. A la corta edad de veinte años, gracias a Arreola, publicó su primera novela, La tumba (1964), que de inmediato lo colocó en el panorama literario como un narrador diferente, capaz de introducir un lenguaje juvenil y urbano en la literatura mexicana.

Posteriormente escribió obras como De perfil (1966), Inventando que sueño (1968), Se está haciendo tarde (final en laguna) (1973), El rey se acerca a su templo (1976), Ciudades desiertas (1984), La panza del Tepozteco (1993) y Vida con mi viuda (2004). También cultivó el ensayo y la crónica histórica, siendo La contracultura en México (1996) y los tres volúmenes de Tragicomedia mexicana (1990, 1992, 1998) textos fundamentales para comprender la vida política y cultural del país.

Su trayectoria fue reconocida con diversos galardones literarios. Pero más allá de los reconocimientos, lo que distingue a José Agustín fue su capacidad para retratar a la juventud mexicana como sujeto cultural y político. Su vida literaria está estrechamente vinculada con los procesos históricos de México en la segunda mitad del siglo XX.

José Agustín vivió la agitación cultural de la década de los sesenta, la represión del movimiento de 1968 y la guerra sucia de 1971. De esta experiencia surgió un joven escritor que narró la contracultura en México y que fue parte de ella como joven, convirtiéndose en cronista y protagonista de un movimiento que buscó abrir espacios de libertad en una sociedad mexicana autoritaria.