El hombre que se odiaba a sí mismo
El hombre que se odiaba a sí mismo. Kurt Cobain hace 32 años
La del 8 de abril de 1994 no fue una de las acostumbradas noches de viernes, su rutina sufrió inesperado viraje debido a un doloroso acontecimiento.
Estaba preparándome para acudir a las instalaciones del Instituto Mexicano de la Radio con el fin de transmitir uno más de los capítulos del programa Fuera de contexto, cuando el conductor de un noticiero dio a conocer algo que en un principio creí no haber entendido por la rapidez de la lectura, pero era cierto: Kurt Cobain había sido encontrado muerto en el interior de su casa. Se trataba del guitarrista, cantante y principal compositor de Nirvana.
En ese momento decidí descartar todo aquello que ya tenía listo, para dedicar la emisión entera a este penoso hecho.
Apresuré mis preparativos para llegar lo antes posible al IMER. Tomé un taxi como a las diez de la noche, y mientras hacíamos el recorrido por el Eje 5 y Avenida Cuauhtémoc, hasta llegar a la entrada del edificio en la calle de Mayorazgo, iba elaborando mentalmente un plan para producir sobre la marcha una hora con música e información acerca del grupo que en 1987 había fundado Cobain con el bajista Krist Novoselic, y cuyos integrantes ya estaban en la dudosa categoría de rock stars.
Tan pronto como llegué a la cabina de transmisión me puse de acuerdo con el operador, solicitándole su ayuda para improvisar, algo que yo no había hecho antes porque solía preproducir con detalle, gracias a él todo salió bien.
Acudí al área de noticias donde el jefe de producción me facilitó las notas generadas por agencias nacionales e internacionales, servicio que me permitió darle profundidad informativa a los textos que escribí al momento. Cada una de las notas que leía eran para mí como bocados de amargura. Reflejaban un impacto emocional de carácter masivo.
Independientemente de las pequeñas diferencias que había entre ellas, todas coincidían en lo más terrible, según la versión más difundida: Kurt Cobain se había suicidado dándose un tiro en la cabeza. Hastiado de la fama. Abrumado por la depresión. Desesperado por su adicción a la heroína. Y no sé cuántas hipótesis más. A él le queda a la perfección una canción de los Who que dice: “Nadie sabe cómo se siente / Ser el malo / Ser el triste / Tras unos ojos azules”.
Antes de arrancar con el programa, apenas y tuve tiempo de recordar que en 1990 en un supermercado de discos que había en Tepito me llamó la atención la portada de un compacto titulado Bleach, por sus colores contrastados y borrosos, entre negro y blanco. Era el primer disco de Nirvana, cuya audición si digo que me dejó estupefacto es poco, hacía años que no escuchaba una interpretación así de furiosa, siniestra y tan emocionalmente compleja. Terminé de afiliarme al trío cuando a fines de 1991 escuché por primera vez a través de Estéreo Joven “Smells Like Teen Spirit”, aunque esta vez me atrajo sobre todo la gran presencia de Dave Grohl en la batería.
Tiempo después, en septiembre de 1993 ─ ¡quién lo dijera─, conocí a Jack Endino el ingeniero-productor de Bleach, en una sesión de escucha del primer compacto del grupo mexicano Guillotina, que él mismo había producido. La música de Nirvana, pero sobre todo el haber tratado a Endino personalmente en un estudio de grabación del Estado de México, y el haberlo entrevistado tiempo después, me marcaron la ruta para la gran experiencia que significó abrirme al amplio espectro del así llamado rock alternativo de los años noventa. Me ubicó en el centro de una importante transformación musical con epicentro en Seattle, cuya resonancia llegó al Palacio de los Deportes en 2003 con un gran concierto de Pearl Jam.
Los cables que utilicé aquella noche para improvisar el guión de Fuera de contexto estaban repletos de tétricos detalles que hube de tratar con cuidado para evitar el amarillismo. Como ya decía, la muerte de Cobain se dio a conocer el viernes 8 de abril de 1994 por la tarde, ya que en la mañana de ese día encontraron el cadáver en su casa, pero lo que asentaban esas notas es que había muerto tres días antes, el 5 de abril.
No recuerdo bien cómo empecé el programa, con qué entrada, pero sí tengo presente que me sentía nervioso y con un nudo en la garganta, estaba a punto de hablar acerca de un hombre que se odiaba a sí mismo. Se convirtió en un presagio el humor negro que había en el título de una de sus canciones: «I Hate Myself and I Want to Die».
Ha pasado a la posteridad una carta en cuya parte medular Kurt expresa su desencanto por aquello en lo que se había convertido: un músico de rock “siniestro, miserable y autodestructivo”, según su propia descripción. También es un triste adiós para sus grandes amores, su esposa Courtney Love y su pequeña hija Frances Bean.
En la parte final de ese escrito el músico alude una canción de Neil Young, cuando cita la frase «It´s better to burn out than to fade away». La he visto traducida de distintos modos, pero yo la interpreto así: «Mejor arder de una vez que apagarse poco a poco». Es subyugante leer esa despedida a treinta y dos años de su muerte, corresponde a una declaración existencial que sintetiza y clausura una vida trágica.
