Entre Blues y Buenas Noches

Road Warrior: Jimmy Thackery

Hay guitarristas que parecen tocar la guitarra y otros que parecen tener una discusión pendiente con ella. Jimmy Thackery pertenece a los segundos, quizá porque hay instrumentos que terminan convirtiéndose en una extensión de la personalidad de quien los empuña. La guitarra deja de ser madera, cuerdas, pastillas y electricidad para convertirse en una especie de confesionario portátil; uno al que no se llega para hablar bajito, precisamente.

Jimmy Thackery nació en Pittsburgh en 1953, pero fue Washington D.C. el lugar donde terminó de encontrar su idioma musical. Allí tuvo contacto, todavía joven, con Buddy Guy y Jimi Hendrix, dos presencias suficientemente poderosas como para alterar la dirección de cualquier muchacho que estuviera pensando seriamente en dedicar su vida a seis cuerdas. Y quizá haya que detenerse ahí; porque entre escuchar a Buddy Guy y contemplar a Hendrix -no existe solamente una distancia estilística- existe una declaración de principios. Uno podía enseñarte que una guitarra podía llorar, el otro podía demostrarte que también podía arder. Y Thackery tomó nota.

En 1972, junto a Mark Wenner, puso en marcha «The Nighthawks», aquella formidable criatura de Washington que habría de convertirse en una de las bandas de blues más trabajadoras de su tiempo. Lo que siguió fue una existencia casi absurda sobre la carretera: escenarios, hoteles, clubes, aeropuertos, noches y más noches. La clase de vida que termina haciendo que el calendario pierda importancia y que una ciudad se parezca demasiado a la siguiente.

Con los «Nighthawks» grabó más de veinte álbumes y recorrió Estados Unidos, Europa, Canadá y Japón. Pero las cifras, por alguna razón, nunca me han parecido suficientes para explicar a un músico; podemos contar discos, podemos contar conciertos y hasta kilómetros recorridos, lo que no podemos contar es cuántas veces una guitarra consiguió que alguien se quedara inmóvil frente a un escenario.



Ahí comienza el verdadero problema y también el verdadero blues; porque Jimmy Thackery no pertenece a esa generación que recibió el blues como una pieza de museo, lo recibió como algo vivo, como el cuerpo dispuesto a recibir la bala; algo que podía tocarse, transpirarse y modificar. En sus manos convivieron Chicago, Texas, el rock, el R&B y esa electricidad desobediente que Hendrix había dejado flotando en el aire. Su guitarra nunca pareció interesada en pedir disculpas por ser demasiado grande, ni demasiado fuerte, ni demasiado rápida y quizá eso sea precisamente lo que más me interesa de él en una época donde tantas veces se intenta domesticar el blues para hacerlo presentable, mientras lo impresentable se vuelve digerible. Thackery conservó cierta insolencia; la guitarra debía empujar, herir, decorar jamás. Hay músicos que interpretan el blues, Jimmy Thackery parecía perseguirlo.

Después de abandonar «The Nighthawks» en 1987, aparecieron: «The Assassins» y, posteriormente, «The Drivers.» El cambio no fue solamente de nombre, había detrás una necesidad de romper con una maquinaria de trabajo que podía superar las trescientas noches al año y encontrar otra manera de respirar dentro de la música. Y eso también es blues. A veces abandonar, es una forma de salvación. A veces cambiar de camino es la única manera de no convertirse en una copia de uno mismo.

Con: «The Drivers» llegaría esa mezcla peculiar que terminó definiendo buena parte de su carrera: blues eléctrico, rock, R&B, instrumentalismo y una inclinación casi temeraria por llevar la guitarra hasta donde pudiera llegar. En discos como: «Drive to Survive,» por ejemplo, cabían el rockabilly, el jazz, el bebop y hasta ciertos aromas de surf. Ahí está la diferencia. Thackery no parece preguntarse cuánto blues debe contener una canción para poder llamarse blues. Tal vez por eso su música me recuerda que las tradiciones verdaderamente fuertes no necesitan guardianes; necesitan herejes dispuestos a tomar aquello que recibieron de sus mayores.

El blues siempre ha tenido esa particularidad: jamás ha sido una música completamente quieta, cambió cuando abandonó los campos y llegó a las ciudades, cambió cuando la guitarra acústica encontró el amplificador, cambió cuando Chicago comenzó a sonar como una ciudad industrial en lugar de un paisaje rural, cambió cuando el rock tomó prestados sus huesos y los hizo caminar a una velocidad distinta. Y siguió cambiando… Jimmy Thackery es una de esas consecuencias. No necesariamente la más elegante ni la más discreta, pero sí una de las más honestas.

Escucharlo es recordar que el blues también puede tener los puños cerrados, que puede caminar con botas pesadas, que puede mirar al público sin pedirle permiso para subir el volumen. Y sobre todo, que todavía existe una diferencia enorme entre tocar correctamente y tocar con necesidad. La primera puede aprenderse, la segunda no. Por eso vuelvo a Thackery no por las listas o por los premios, ni siquiera por la velocidad de sus solos, vuelvo por esa sensación de carretera que dejan algunas de sus grabaciones; por esa impresión de que detrás de cada nota hay una ciudad que acaba de quedar atrás y otra que todavía no aparece en el horizonte.

Quizá ahí radique su lugar dentro del blues. No como guardián de una tradición, sino como uno de sus conductores. Alguien que tomó el volante hace décadas y decidió seguir adelante. El blues, después de todo, nunca prometió llegar a ninguna parte, solamente continuar. Y mientras exista una guitarra capaz de sonar como si tuviera algo pendiente con el mundo, habrá músicos como Jimmy Thackery dispuestos a recordárnoslo.

Quizá por eso, cuando termina una de sus canciones, uno no siente que haya terminado realmente. Queda el ruido del amplificador. Queda el último golpe de la batería. Queda una cuerda vibrando en algún sitio de la memoria. Y queda esa vieja sospecha —tan propia del blues— de que la noche todavía no ha dicho su última palabra.