La poderosa influencia de Albert King

Hace ya algún tiempo, cuando pude conseguir el disco de Albert King titulado “King of the Blues Guitar“, recuerdo muy bien la frase que emitió el encargado de la sección de blues en el almacén especializado donde lo conseguí: “De este disco, mi cuate, salió ni más ni menos La Crema de Eric Clapton“. Las palabras me resultaron simpáticas, coherentes, debido a que en el listado de temas viene “Born under a bad sign“, todo un éxito en la versión que realizaron los ingleses.

La importancia global del álbum, sin embargo, radica en otras cosas. Básicamente en el peso enorme que para la época en que se publicaron las canciones, 1966-68, ya tenían los artistas negros de blues, y en la difusión que habían alcanzado a nivel global, tanto por la difusión de canciones en radio y en presentaciones personales, como por las nuevas versiones que realizaban bandas tributarias de “jóvenes blancos”.

La influencia se palpaba en todos lados, los tributos también. Ya sea tenues o indirectos o francamente descarados. Lo cierto es que a partir de 1950 el blues urbano caló en la música popular norteamericana, y una década después, en la propia Europa. Hasta entonces ningún folclore había estado tan arraigado a las nuevas tecnologías, a los medios de comunicación y a millonarios intereses económicos.

Con la aparición del rhythm and blues (rock and roll), y después simplemente del “rock”, el nombre del blues se vio relegado a un segundo plano, pero no su fórmula, no su toque mágico y su ritmo, que son ya inherentes a cualquiera de las diferentes manifestaciones que ha adoptado la música pop en todos sus años de vida.

Blues de pipa y guante

Para cuando el mencionado álbum vio la luz, Albert King (1924-1992), ya era un consumado guitarrista y cantante, con una importante legión de adeptos en muchas partes del mundo. Detrás tenía participaciones eficaces en disqueras como King y Chess, y éxitos radiofónicos que trascendieron la audiencia negra, el caso del tema “Don’t Throw Your Love on Me So Strong”. Su manera de tocar constituía un show en sí misma. Por principio de cuentas la guitarra, una Gibson Flying V, con sus dos picos elegantes, las cuerdas del brazo sin invertir a pesar de tratarse de un zurdo. Después los riffs desgarradores, intensos y con una descarga tan eléctrica que solían paralizar a la audiencia en cada presentación.

Albert Nelson (que así se llamaba en realidad), lo sabía, y sabía sacar jugo de su enorme voz educada en coros de gospel y en su enorme estatura, de 1.90 m, para convertirse en el gigante del escenario en medio de alguna emocionada corte liliputiense. Su pipa tan característica también formaba parte del decorado personal.

Muchos colocan el cénit de su carrera en aquella presentación que tuvo en el Auditorio Fillmore en San Francisco, en febrero de 1968, cuando en plena era psicodélica y en la música ídem que se escuchaba, la gente pedía a gritos ver el show de Albert King, pese a que en el elenco se encontraba el mismísimo ‘Gitano Cósmico’, Jimi Hendrix.

Tal situación no refrenda sino el hecho de que Albert se encontraba en plena madurez artística, el ingreso a la compañía Stax no fue sino otra feliz coincidencia, de la que saldrían a la luz un puñado de excelentes grabaciones que marcarían época.

El álbum que ya he citado corresponde a aquellos días. Repasemos a la banda: Albert King en vocales y guitarra líder; Booker T. Jones, teclados; Steve Cropper, segunda guitarra; Donald ‘Duck’ Dunn, bajo y Al Jackson batería. En metales participan Wayne Jackson y Andrew Love, alternándose trompetas y saxofones. La grabación fue hecha en los estudios Stax de Memphis, Tennessee, en coproducción con Jim Stewart. La foto de portada corresponde al gran Baron Wolman.

En los 12 temas que integran el álbum -el número crece a 17 en cd con bonus tracks-, encontramos resumida la esencia de Albert King. Un estilo urbano y poderoso pero que no desconoce la finura cuando se trata de temas sutiles o encantadoramente amorosos (As the years go passing by; You’re gonna need me, Laundromat Blues).

Otros, de igual forma, breves pero sustanciosos, juguetones: Overall Junction, Cold Feet. Clásicos redescubiertos: Kansas City, The Hunter. Confesiones a voz baja: I Love Lucy: I Almost lost my mind. Caballitos de batalla que en la zurda de Albert se convierten en verdaderos potros: Funk-Show; Down don’t bother me, Personal manager; The very thought of you, y You sure drive a hard bargain.

A propósito, he dejado tres canciones al final ya que sintetizan el por qué Albert King se consideró una influencia tremenda en el estilo de una pléyade de figurones como Stevie Ray Vaughan, Jimi Hendrix, Eric Clapton, Mick Taylor y Gary Moore, por citar varios: Oh pretty woman, Crosscut saw y Born under a bad sign. En la primera encontramos un ritmo sincopado y sensual marcado por los metales, pero justo a la mitad se deja fluir como cuchillo en mantequilla el requinto siempre preciso de mister King.

La voz parece flotar entre los instrumentos, a pesar de la urgencia de la letra. Casi al mismo tiempo, en el polo opuesto del planeta, el tema ya recibía su primer tributo. Los Bluesbreakers de John Mayall lanzaban su propia versión, en la cual un jovencísimo Mick Taylor, respetaba los lineamientos trazados por King, pero con algunas figuras más modernas.

La permanencia de este clásico se comprobó muchos años después con la versión en arrojado blues rock de Gary Moore, con el apoyo incomparable del propio maestro zurdo. En el mismo tenor encontramos Crosscut saw, una gema atemporal del mejor blues urbano, moderno. La base melódica la lleva el requinto, que se escucha sobrio, pero también violento cuando es preciso. La voz vuelve a flotar, los metales sólo acompañan. El riff es una aguja hipodérmica que inyecta dosis exactas de escalas y de figuras punzantes.

¡Cuántos guitarristas hallaron en canciones como ésta la mejor escuela para iniciarse en la aventura de tocar blues! Muchos, bastantes, me viene a la mente uno: Son Seals. Cada disco suyo es prueba fehaciente de la escuela del señor Albert. En el Auditorio Nacional tocó su propia versión de Crosscut saw y aquello fue la locura. Eric Clapton hizo lo mismo en Strange Brew, su requinto es una prolongación de aquella otra que venimos reseñando, y el resultado hasta la fecha es por supuesto gozoso.

Albert King disfrutó prácticamente hasta su muerte del reconocimiento del público especializado. El haber aparecido en conciertos y en videos junto a Steve Ray Vaughn, en la recta final de su vida, le otorgó un nuevo aire para seguir impartiendo lecciones, aunque ya bajo un tono más mesurado debido a su avanzada edad. Lo tuvimos aquí en el Teatro Metropolitan, en una de las ediciones del Festival Internacional de Jazz y Blues de la ciudad de México, la misma noche en que se presentaron Robert Cray, Robben Ford, B.B. King y Buddy Guy.

Él nació bajo un buen signo, contrario a lo que dice una de sus canciones más emblemáticas, interpretada por numerosas bandas y solistas, una canción densa, misteriosa, con plena comunión entre metales y requinto, con plena enseñanza de un hombre que aportó técnica y sapiencia en la forma de comprender el blues y de proyectarlo: Albert King, señoras y señores, uno de los tres reyes del requinto moderno.

Albert King y Stevie Ray Vaughan – Born Under A Bad Sign

 

Albert King – Crosscut Saw

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