Entre Blues y Buenas Noches

Dublinenses

“La magia es ciencia, y la ciencia es magia mejor organizada”. Me dijo una ocasión Sofía Lang. El ritmo en el paso me restregaba en la mente dicha sentencia, proveniente de la elocuencia de una sensata e insigne dama. La zona centro de la ciudad me ofrecía un espectáculo de formas variadas, algunas dispersas, otras resistiendo descarnadamente su historia, como un obstinado fantasma que rehúye su purgativo presente.

Gral. Nicolás Bravo. Reza la nomenclatura que me detuve a leer, de frente, en el ámbito periférico de la visión, sin barrer con los ojos la inscripción señalada sobre las paredes de un verde profundo que retrata la esencia del brío irlandés; con arcos de punto medio abrazando marcos de tono claro.  Dublín Irish Pub, dando la cara a la acera asediada por el vaivén cotidiano.

Adentro sonaba Willie Dixon. La buena música me atrae siempre, como las ninfas al sátiro. Enseguida, I´m your hoochie coochie man dio la pauta al Country & Western. El aspecto tenue no decaía ante la penumbra que compartía espacios provistos orgullosamente de la excentricidad de un barbado y amigable “Paddy” que se encargó de decorar el sitio y que iba y venía copa en mano entre las mesas, y sonreía animosamente ante la insinuación de un gesto afable de algún borrachín imprudente… pero contento.

El sitio de reunión donde desarrapados, intelectuales, músicos, borrachines, vaqueros, cantantes de ópera, boleros, oficinistas y uno que otro desamparado encontraba el abrazo fraterno. Y hasta un piloto aviador muy pícaro, presumía la resistencia de su estómago, mezclando bebidas espirituosas para confeccionar “la del estribo.”

Honrado me sentí de compartir barra con tan amigable fauna, tanto que al escuchar el tañido de una campana frente al multicolor tapiz de botellas multiformes al que daba la espalda el bartender, advertí que lo mío no era letargo, era el encuentro con el aturdimiento rutinario resistiéndose en mostrar que dentro de un recipiente orgánico habitaba un ser con el mismo ímpetu, el cual el resto no se negaba a mostrar al mundo: su realidad interna, sin alteraciones.

No buscaba el cruce con almas afines, porque cuando uno busca, encuentra hasta en otros brazos lo que ya perdió, buscaba la aprobación —no sé de quién— en un sitio libre de prejuicios, donde las formas son formas y el canto es canto, tan simple como ver la existencia humana desde el punto más sensato. Pero también queda claro que mi cinismo se empachó cuando fue correspondido con el banquete del mundo exterior, donde la coraza no resistió los embates de la armonía concebida deliberadamente.

Fue momento de dejar el alma ahí, en el refugio de color verde, y de anunciar, que efectivamente, Dios está en todas partes, porque cuando se crea el lazo invisible de la hermandad desde la voluntad del alma. queda visible el corazón del hombre, y ahí. quedó a la vista del centro de la ciudad, el corazón de aquellos, aferrados a un trébol que no se logra en su tierra, pero les brotó desde la sangre.

Siempre habrá momentos dignos de ser preservados, por su trascendencia o por el sabor que colocan en el gusto del desabrido enajenado, porque demuestran que los momentos exquisitos se consiguen a base de simpleza y lo extraordinario se cuela inadvertido entre nosotros, —en ocasiones— por el íntimo rincón del mundo conocido, no obstante, nuestra idea de recogerlo todo con la mirada y el tener la certeza absoluta, nos envuelve en su esfera de frialdad o más bien porque nuestra condición de soledad o victimismo injusto nos retrae ante la oportunidad de encontrar almas nobles fuera del ritual establecido.

Ahora debo volver por donde vine, entre nuevas reflexiones, sin embargo, creo haber encontrado una nueva casa, no tan lejos de la mía, pero igual de acogedora, aunque en la mía no hay abrazos y no vive ni vivirá jamás en estado de gracia irlandesa.