Un Paso Adelante

Los caminos de la producción cultural

Los caminos de la producción cultural

Apuntes para una autobiografía vocacional

Mi nombre es Rodrigo Farías Bárcenas, nací en la Ciudad de México el 3 de marzo de 1958. Soy psicólogo, periodista y productor cultural ejecutivo con un historial de cuarenta años. A mi formación universitaria, en el primer caso, se suma la autodidacta en los otros dos, enlazándose profesión y oficios. He participado en la producción y difusión tanto de proyectos editoriales como de espectáculos musicales. Considero que producir es una práctica social inherente a la cultura, organiza y comunica la experiencia humana.

Este escrito no es una semblanza curricular, tampoco una lista de pasos dados para subir en la escalera del éxito, ascendiendo de un puesto a otro. No concebí así mi carrera. Sí es un diálogo interno que trasparenta mi experiencia en el trabajo cultural, de manera que el vínculo de mi vida personal y las decisiones que al respecto he tomado, así como mi identidad profesional sean comprensibles para terceras personas.

Quiero que se perciba mi recorrido sin confusión, sin que sea tergiversado. Qué he hecho, cómo y por qué fuera del campo institucional y empresarial, en campos de acción que he relacionado, como la narración autobiográfica, la psicología de los grupos y el cambio social, el periodismo y la democratización de los medios, y la sociedad civil en la producción cultural. En un futuro estos apuntes se convertirán en una autobiografía vocacional, método para comprender las motivaciones y los contextos en un proceso de formación profesional.

Biografía e historia

Los dos libros que he publicado representan una síntesis de mi proceso formativo y los proyectos que he realizado. El primero se inscribe en la temática de la expresión escénica. Se trata de una guía para producir grupos de rock desde el punto de vista de la comunicación, en los discos y en el escenario,  dirigida a un público juvenil, cuyo título es El nuevo rock en México. Alternativas para armar tu banda (Ríos de Tinta, México-Argentina, 2007). 

Mi principal referencia para desarrollar el tema es un modelo elaborado por el antropólogo inglés Gregory Bateson, al que me adherí por su carácter integral, contempla niveles de comunicación que van de la subjetividad a los procesos culturales, tales como: nivel intrapsíquico o con uno mismo; interpersonal o con la gente que nos rodea en contacto cara a cara; grupal o con otras personas sin que esté de por medio el contacto personal directo; cultural o con generaciones pasadas, contemporáneas o por venir. Tal es el nivel de la conexión generacional al que conviene aspirar.

El segundo es un libro de periodismo. Por una parte, consiste en una reconstrucción autobiográfica del proyecto periodístico que inicié en 1983, vigente hasta la fecha. Por la otra, recopila una selección de cincuenta textos publicados en destacados medios impresos entre 1983 y 2023. El título es un homenaje al grupo Creedence Clearwater Revival, y a una de sus canciones: ¿Quién detendrá la lluvia? 40 años de memoria periodística en torno a la cultura del rock (Ediciones RFB, México, 2023).

En su concepción subyace el planteamiento del sociólogo estadounidense C. Wright Mills: “ni la vida de un individuo ni la historia de una sociedad se pueden entender sin entender ambas”. La narración autobiográfica es un recurso literario y metodológico útil para construir la memoria colectiva, en el entendido de que existe un nexo entre nuestra biografía y el devenir histórico. En este caso marca la evolución de un proyecto a través de los años.

Hoy en día coordino el taller de producción periodística denominado Del 68: Cultura, Comunicación y Memoria Colectiva. Investigo con base en observación directa, entrevistas, fuentes documentales y recabando datos en encuentros, conferencias, etcétera. Del 68 es un grupo abierto mediante el cual compartimos experiencias con una dinámica de conversación.

Tengo en marcha un proyecto editorial del que se desprenden varios proyectos específicos. En uno de ellos exploro un tema no muy socorrido, al que (por ahora) he titulado Biografía de un proyecto cultural, basado en una experiencia propia; lo desarrollo en forma paralela al proyecto de autobiografía vocacional.

También están en curso los textos que incluyo en la sección Un paso adelante, de la revista electrónica Cultura Blues, en la que trato asuntos relacionados con la producción cultural en su dimensión comunicativa, o sea, cuando producir equivale a crear vínculos mediante significados compartidos, tomando como referencias la obra de productores musicales, periodistas, cineastas, psicólogos, músicos o escritores.

Al mismo tiempo me capacito en la gestión de archivos como integrante del taller Construir Memorias Comunitarias, promovido por el Archivo General de la Nación y la Secretaría de Cultura Federal. A mi participación en este grupo le concedo especial importancia porque fue diseñado para involucrar a los participantes en prácticas que nos animan a valorar la memoria comunitaria, a estudiar la memoria a partir de la experiencia propia, a que nos demos cuenta de cómo internalizamos la historia, prácticas que amplían nuestra consciencia de que nuestra historia personal es parte de una historia mayor que la comprende, que no depende de un destino o poder dominante, sino que la hacemos nosotros en colectivo.

La psicología de los grupos y el cambio social

No sigo una sola ruta, sino varias y de preferencia las alternativas. He caído en la cuenta de que éstas a veces son transitables, otras no, cuando están llenas de baches y es necesario asfaltarlas. Sea como fuere, lo que importa es contribuir en la construcción de una infraestructura para la producción y difusión de la cultura que resiste creativamente el control estatal y el monopolio del mercado, que es así como entiendo la contracultura, como una praxis social.

He mantenido esa idea durante años, pese a las veleidades coyunturales ‒y consecuente incertidumbre‒ que me han obligado a tomar decisiones radicales para sobrevivir, modificando el propósito original de algún proyecto o abandonándolo en definitiva. La pura verdad es que los planes no siempre salen como uno quisiera, pero así es cuando se hacen las cosas por vocación: hasta en el fracaso hay que poner el alma.

En un momento de mi periodo formativo en la UNAM ‒que abarcó de 1977 a 1981 como estudiante, y de 1981 a 1985 como pasante‒ noté que había una relación positiva entre las dinámicas grupales y la producción de conocimientos, algo ya sabido en los anales de la psicología social, pero que para mí era novedoso y hasta iluminador. La participación en clase o en seminario representaba una variable decisiva para nuestro aprendizaje, en el estudio, investigación o prácticas realizadas en comunidades de Ciudad Nezahualcóyotl, aledañas a la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales plantel Zaragoza (hoy Facultad de Estudios Superiores) de la UNAM.

Observé más de cerca con dichas prácticas cómo el trabajo grupal se vincula con la organización colectiva, y ésta a su vez queda en posibilidad de influir en el desarrollo institucional. Seguí ideas del trabajador social argentino Natalio Kisnerman, del psicólogo panameño Guillermo Cohen de Govia, y del pedagogo argentino Ezequiel Ander-Egg, relacionadas principalmente con los grupos como recursos orientados hacia el cambio social. 

De tales experiencias estudiantiles, una vez elaboradas teóricamente para presentar mi tesis en octubre de 1985, proviene mi perspectiva para abordar fenómenos esenciales en labores culturales, empezando por la comunicación humana, la influencia interpersonal y la interacción que tiene lugar en las redes sociales, en el sentido antropológico del término como estructuras relacionales. Al respecto, me han acompañado autores como el psicólogo austriaco Paul Watzlawick y el psicólogo alemán Erik Erikson. Observar y documentar interacciones en distintos contextos es una de las constantes en mi desempeño.

A mi tesis la titulé con una adaptación de la hipótesis correspondiente: Los grupos pequeños en el proceso de la comunicación masiva. La influencia interpersonal en la recepción de los mensajes. Defendí el planteamiento de un receptor activo en la comunicación de masas. Así me orientó la psicología social hacia formas de comunicación participativa concernientes no sólo a la recepción crítica sino también, y sobre todo, a la producción y difusión de mensajes, de ahí la influencia de aquella disciplina en mi ocupación periodística.

Periodismo y democratización de los medios

Siguiendo este orden de ideas, con el periodismo accedí a los medios de comunicación tradicionales ‒como ahora se les llama con respecto a las redes sociales electrónicas‒, prensa escrita y radio, con algunas participaciones en televisión. En este caso, resultaron fundamentales para mí los textos sobre comunicación alternativa del investigador argentino Máximo Simpson, y también algunos de Hans Magnus Enzensberger, escritor alemán.

De esos textos, de su detenida lectura, aprendí que leer significa leer la realidad. Una de cuyas características es la capacidad para discernir aquello que tiene relevancia social, condición indispensable para la producción cultural, en especial para ejercer el aspecto editorial del periodismo con un punto de vista propio.

En noviembre de 1983 publiqué mi primer artículo en el diario unomásuno, entonces el principal de México, dando comienzo a una investigación periodística, ininterrumpida hasta la fecha, como ya dije, acerca de las formas de creación, producción y recepción de la música popular, con acento en rock y blues. Mi participación en el periódico concluyó en 1988.

He producido textos para cuarenta medios impresos ‒independientes, institucionales o empresariales‒ entre los cuales destacan los que más han influido en mi formación como periodista, además de unomásuno: Casa del Tiempo, revista de la UAM; el periódico Las Horas Extras (1986-1987), la revista (contra) cultural Dosfilos (de la que fui consejero editorial entre 1989-2019) y el diario El Financiero (1989-1992 en forma regular, y hasta 2013 ocasionalmente).

Fui reportero en la revista Macrópolis (1991-1994) y editor del suplemento en español ‒primero en su tipo‒ de la revista musical estadounidense Pulse!, distribuida en México por Tower Records, empresa para la que trabajé entre 1995 y 1997. Aporté el concepto periodístico de la publicación, formé y coordiné el equipo de trabajo.

Durante cinco años, de 1990 a 1994, produje el programa Fuera de Contexto en Estéreo Joven, del Instituto Mexicano de la Radio. Era una “radiodifusora de estilo comunitario”, según Guillermo Medina, gerente de esta. Aporté 250 emisiones dedicadas a revisar cómo llega la música al público, desde el cuarto de ensayo hasta los foros con capacidad para públicos masivos. Participaron productores musicales, promotores de conciertos, compositores, mánagers, escritores, editores, periodistas y demás actores que participan en la organización y comunicación de la experiencia musical. Son testimonios relacionados con la historia de la radiodifusión mexicana, por ser Estéreo Joven la primera y única estación dedicada a la difusión del rock mexicano.

Entre 1983 y 1997, reuní un corpus periodístico que da cuenta de un pasaje crucial en la historia del rock en nuestro país: el de su emergencia a fines de los ochenta hacia el ámbito del espectáculo, después de haber sido objeto de una virtual (no admitida formalmente) prohibición durante dos décadas, de 1971 a 1991, centrando mi interés en la producción artística independiente por su cualidad de bastión estratégico para el desarrollo cultural.

En el presente, estoy rescatando una parte significativa de dicho corpus para darla a conocer como memoria periodística, empezando con la publicación de ¿Quién detendrá la lluvia? en 2023, libro en el que doy cuenta de una labor periodística desarrollada durante cuarenta años con una agenda propia. Me involucré en el periodismo a raíz del tema que elegí para titularme, el receptor como productor de mensajes, haciendo eco desde esta perspectiva de una de las principales demandas del Movimiento Estudiantil de 1968, que era la democratización de los medios, cuya estructura ideológica y socioeconómica fue cuestionada por actuar en contra de los movimientos sociales y culturales.

Hoy en día dicha estructura mantiene ese criterio excluyente como una variante de la desinformación, lesiva para las comunidades culturales y mortal para los proyectos independientes, porque la falta de difusión les impide sensibilizar a la población en cuanto a su importancia social y económica, dificulta el obtener una necesaria y justa retribución, y representa una barrera para la construcción de identidad y memoria colectiva.



La sociedad civil en la producción cultural

En 1998, y por iniciativa mía, colaboro en la formación de un equipo de trabajo con el cual me inicio en la producción cultural ejecutiva, función escasamente conocida en el medio musical ‒blues y rock‒, pero de incuestionable relevancia estratégica en cuanto a cómo garantizar la integridad de los contenidos, cómo elegirlos, financiarlos y difundirlos con miras a influir en la consciencia del público. 

De esta manera, mi experiencia en el periodismo se hizo extensiva hacia la formación de áreas de comunicación en diversos proyectos. Mi rol como periodista quedó subsumido en el de coordinador o director de las mismas. Circunstancia que en su momento propició una peculiar especialización periodística en la difusión del blues. Y mi perfil profesional, a su vez, se acentúo con rasgos de activista (o “agitador” según algunos) que impulsa la acción social organizada para defender el acceso a la cultura y el libre desarrollo de la personalidad como un derecho humano.

En este rubro me guiaron los estudios del sociólogo inglés Raymond Williams acerca de cómo se organizan las formaciones culturales independientes, y los del comunicólogo venezolano Antonio Pasquali acerca de la comunicación humana, que me sirvieron para armar campañas de difusión. 

Ante la indiferencia del Estado y de la iniciativa privada, el impulso cultural corre a cargo de la sociedad civil, de donde proceden las iniciativas autogestivas o independientes. Sin embargo, el bagaje acumulado en este terreno aún se ve opacado por los prejuicios que le achacan a la independencia falta de profesionalismo, y que atribuyen a sus productos el supuesto defecto de ser objetos de poco valor en lo económico e insignificantes en lo cultural.

Grave error. La producción cultural autogestiva no recibe cobertura mediática, y en general es apenas investigada en las universidades. Me he propuesto, en cambio, asimilar (aprovechar) esas experiencias independientemente de si han sido exitosas o no, para tenerlas como un conocimiento que contribuya a esclarecer el sentido que tiene hoy en día el trabajo cultural.

En cuanto al rock y el blues, pese a la cantidad de años que se han sostenido en la producción independiente, aún falta que ésta se expanda hasta crear un mercado propio que estimule su desarrollo desde un punto de vista financiero, y conduzca hacia formas de producción y consumo que no sean lesivas para el ser humano y para la naturaleza, basadas en la cooperación y no en la competencia o en el abierto sabotaje. Este es el meollo de la transformación cultural que necesitamos. Es la utopía deseable por su dimensión humanista.

Los años que dediqué al periodismo entendiendo la música como una forma de comunicación ‒es decir, como un proceso que integra creación artística, producción y recepción‒ me dejaron un patrimonio intelectual que permitió realizar una labor en las artes escénicas. Concretamente en la producción y difusión de espectáculos musicales, aunada a la producción y difusión de grabaciones y libros. Conceptualmente, con respecto al sentido de la música, su producción y consumo, me apoyé en el filósofo y semiólogo italiano Gino Stefani, en el sociólogo inglés Simon Frith y en la productora escénica mexicana Marisa de León, su libro sobre producción y difusión de espectáculos escénicos es de lectura indispensable.

A partir de 2001 cofundé y codirigí Señales, casa productora que pasó por diversas etapas, actualmente en receso. Aporté a su estructura interna el área de comunicación, coordinándola y funcionando al alimón con las otras áreas, artística y financiera. Siendo una organización de la sociedad civil (OSC) dedicada a la cultura, sin afán de lucro, creímos necesario generar consciencia en la población acerca de la importancia de la creación cultural independiente, y en particular para subrayar el papel de la producción ejecutiva en la concepción, organización y realización de los proyectos culturales, y para estimular la participación social en la producción de contenidos relevantes en lo social y cultural, pero excluidos del sistema comercial, teniendo esa relevancia como criterio para su preservación.

El fundamento psicológico de tal acción estriba en comprender cómo se produce la experiencia humana, con la consciencia y la memoria como polos de atención, con miras a expresar (comunicar a otras personas) la propia experiencia. En última instancia, la producción de eventos musicales, discos, libros, revistas, DVD, y la producción periodística, cumplen con su misión cuando pasan a formar parte de la memoria colectiva.

En Señales impulsamos proyectos editoriales y musicales. Entre los primeros cabe mencionar uno relacionado con Oscar Chávez, la edición facsimilar del libro El son del corazón, clásica obra del poeta Ramón López Velarde. Y entre lo segundos, varios con más de veinte grupos y solistas en rock, blues, nueva canción, jazz, funk o música tradicional mexicana, incluidos algunos de los exponentes de la producción independiente más importantes en América Latina, como el ya citado compositor e investigador de la música popular mexicana Oscar Chávez (2009, con Guillermo Velázquez), el compositor argentino Litto Nebbia (2001), el grupo de rock Iconoclasta (2002) y el grupo de blues Real de Catorce (1998-2007).

También fuimos productores ejecutivos de los grupos Rebeldes del Rock (2009-2010), pionero del rocanrol mexicano; Calacas Jazz Band (2010-2013), exponente de jazz tradicional y blues clásico; y Fiusha (2010), excelencia en música funk. En Señales concebimos la primera campaña de comunicación en medios que destacó la relevancia del funk en México, con un evento en el Lunario de la Ciudad de México en el que participaron Fiusha y Los Músicos de José, celebrado el 28 de agosto de 2010.

Con Real de Catorce ‒siendo integrante como productor ejecutivo y no colaborador externo‒ fui responsable del área de comunicación y coordinador general de la sociedad acordada. En este periodo nuestro proyecto fue reconocido por la UNAM y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes al incluir a Real de Catorce como una agrupación con calidad de exportación en el encuentro de artes escénicas Puerta de las Américas (2003 y 2004), y por el Auditorio Nacional, nominando al grupo capitalino como banda candidata a recibir el premio Lunas del Auditorio Nacional, en la categoría de mejor espectáculo de jazz y blues, en 2004, 2005 y 2007. Este premio es el reconocimiento más importante que se otorga a los protagonistas del espectáculo musical.

Cada uno de los proyectos mencionados en los tres párrafos anteriores, más allá del tipo de música que los anima, llegaron a formar un sistema de producción y difusión de la música popular articulado por el lenguaje y el legado del blues, considerándolo como la música matriz del jazz, rock y funk. Así, como productor ejecutivo asociado he colaborado en la construcción de las comunidades que en México concentran la creación, producción y difusión tanto del blues como del rock.

Mi paso por las artes escénicas en su vertiente musical, comprende la participación en la organización de más de 500 conciertos ‒blues, jazz, rock y funk, en ese orden‒, bajo las fórmulas de producción autogestiva, coproducción o gestión. Entre los primeros cabe mencionar seis conciertos en el teatro Metropólitan, uno en Hard Rock Live y dos en el Lunario del Auditorio Nacional, foros ubicados en la Ciudad de México.

También abarca la escritura de innumerables crónicas de conciertos, incluyendo las publicadas en los Cuadernos del Auditorio Nacional (2001-2008) y en la revista electrónica Bitácora del Auditorio Nacional (2013-2016), publicaciones que representan una valiosa memoria escenográfica. Como cronista me involucré en conciertos de rock, world music, blues, jazz, fusión, funk, salsa, música flamenca, canción de autor, pop, tradicional mexicana, balada…

La memoria como materia prima 

De 2016 a la fecha he escrito crónica ocasionalmente, siendo las principales por referirse a hechos trascendentes,  una dedicada al sismo de 2017 ‒“El sonido de la vida y de la muerte”, publicada en Dosfilos‒, y otra a la jornada de vacunación contra covid-19 en 2021 ‒“Un acontecimiento histórico y esperanzador”, publicada en la revista electrónica Baladí, de la que fui asesor en comunicación (2019).

Más arriba menciono que estoy coordinando un taller de producción periodística denominado Del 68: Cultura, Comunicación y Memoria Colectiva, en el cual, a partir de 2017, me ocupo con más asiduidad en temas como preservación de acervos culturales y gestión de archivos comunitarios. He escrito textos dedicados a la Cineteca Nacional, Fonoteca Nacional, a la colección discográfica y videográfica producida por Martin Scorsese para celebrar el centenario del blues, y al esfuerzo archivístico y documental que realiza la revista electrónica Cultura Blues, única en su tipo en América Latina. 

Sigo con la escritura reflexiva y la elaboración de textos autobiográficos. Está en curso un proyecto editorial que consiste en reunir y resignificar mis textos periodísticos hasta hora dispersos en una variedad de medios impresos, con el fin de agruparlos en libros. Mientras, le doy forma a ensayos que vinculan el rock (y el blues) mexicano con la historia reciente de nuestro país, aún hay cantidad de aspectos poco estudiados, pendientes o ignorados que es necesario dilucidar.

Un taller para mí es un lugar de trabajo en sentido estricto, en cuanto espacio físico destinado a concebir y llevar a cabo proyectos editoriales; y también lo es en sentido simbólico como representación de una talacha intelectual que puedo realizar en cualquier parte.

Bajo este concepto reúno la producción escrita que he acumulado en tiempos recientes, entre 2019 y 2025, destinada a colaboraciones en revistas electrónicas, seminarios presenciales o virtuales, contenidos para redes sociales, publicaciones específicas como folletos o libros en toda la extensión de la palabra, o a participar en conferencias o mesas redondas en foros independientes ‒Casa de Cultura Las Jarillas, Circo Volador, Museo de Arte Sara Tisdall‒ o institucionales ‒Fonoteca Nacional, Instituto de Investigaciones Antropológicas (UNAM), Biblioteca Central (UNAM) y Cineteca Nacional.

Si fuera posible sintetizar cuarenta años en el camino en una sola ruta, diría que la memoria ha sido la principal materia prima de mi trabajo, desde el registro periodístico y la producción de proyectos de comunicación. La memoria es algo extremadamente delicado y debemos aprender a trabajar con ella como el orfebre aprende a tratar los metales preciosos: en detalle, con delicadeza y precisión, siendo conscientes de su valía.