Un Paso Adelante

Avándaro o casi el paraíso

A propósito de los 55 años del Festival de Rock y Ruedas en Avándaro, hago algunos comentarios respecto a la difusión de testimonios ofrecidos por participantes directos en él, con el fin de mostrar lo que “realmente pasó”. Ha circulado tal variedad de puntos de vista -profusión que aumenta durante los días de aniversario- que da la impresión de que hubo más de un festival. Si escucho a los productores ejecutivos veo que tienen uno en mente. Otro, el personal contratado para coordinar y ejecutar las actividades. Mientras que el elenco artístico también tiene el suyo.

Que haya múltiples versiones no es objetable en sí; lo que me llama la atención, sin embargo, es que coinciden en algo: unas y otras tienden a idealizar el evento, sus enfoques son idílicos, todo fue armonía y belleza. Diríase que Avándaro fue “casi el paraíso”, pidiéndole prestada la frase al novelista Luis Spota.

Al atribuirle una cualidad idílica al festival, los testimonios caen en una suerte de hipóstasis, quiero decir que refieren los hechos como un acontecimiento limitado a lo musical, fuera de un contexto más amplio: se narra la historia de Avándaro reduciendo su complejidad a uno solo de sus elementos: la música y la convivencia en torno a ella, la cual transcurrió sin conflictos: paz y amor, sin lucha de clases. Es lo que dicen.

Tal parece que no hubo una estructura productiva y administrativa que generara y sustentara la realización del festival. Me refiero en primer lugar al grupo de empresarios de clase alta que lo impulsó moviendo sus influencias, a los políticos que lo autorizaron, a las marcas patrocinadoras que sí supieron calcular la dimensión masiva del evento, a la estrategia de comunicación apuntalada por Telesistema Mexicano (luego Televisa), a las compañías de discos y a las estaciones de radio que tuvieron un papel decisivo en la promoción de una nueva generación de grupos con el mote de “la onda chicana”.

En otra parte comento que “han sido poco estudiados el modelo de negocio que sirvió para producir el Festival de Avándaro, la organización interna de la empresa y su sistema de relaciones externas, y cómo influyeron estos elementos en la conformación de la futura industria de los espectáculos musicales, a pesar de que son un factor esencial para desentrañar el significado histórico del evento”. (Cfr. “Avándaro, cuando la fiesta se salió de control”, Cultura Blues, n.° 176, enero de 2026).

Todos esos recursos oganizacionales tuvieron que ver de una manera interrelacionada, pero su importancia queda minimizada o de plano excluida de la visión idílica, para la cual no hay más mundo que el mundo de la música. Así, los testimonios que se basan en esta idea no dejan de tener valor, pero debido a su reduccionismo pierde fuerza su significado histórico.

Por eso no me extraña la reacción de quienes dicen haberse sorprendido cuando la magnitud de la jornada musical, en cuanto a asistencia, creció hasta alcanzar un nivel insospechado: se han manejado cifras de 200 mil y hasta 300 mil asistentes.

Pero cómo no se iban a sorprender, si el festival parece haber sido planeado por los organizadores con una mentalidad hipostática, si me permiten la expresión; esto es, sin comprender la coyuntura en la que se iba a llevar a cabo el festival y, por lo tanto, siendo incapaces de prever sus consecuencias.

La congregación masiva se llevó a cabo el 11 y el 12 de septiembre de 1971, teniendo como antecedentes los movimientos estudiantiles de 1968 y 1971, con fatales acciones represivas en ambos casos, hostigamiento, persecución, desapariciones, llevadas a cabo para desarticular la organización social.

La represión no empezó a partir de Avándaro, ya venía de años antes. Pero los bisoños empresarios egresados de la UIA ¬sin calcular el riesgo, con improvisación, oportunismo y desconocimiento de la escena roquera¬ querían tener su “Woodstock mexicano”, al decir de Luis de Llano; con grupos locales “sacados de las cavernas”, según la despectiva expresión del entonces joven Carlos Alazraki, quien era parte de la organización.

Son responsabilidad de los productores ejecutivos el descontrol que hubo durante el festival y los resultados que vinieron después. Resultados nefastos para el público interesado en la cultura alternativa, pero no tanto para los organizadores, que a la postre se acomodaron en la estructura de poder.

Justino Compeán y Luis de Llano en el deporte y en los espectáculos, vía Televisa. Carlos Alazraki sobresalió como magnate de la publicidad y asesor de conspicuos políticos priistas. Mientras que Vicente Fox, el genio del marketing, gerente de la refresquera patrocinadora (Coca-Cola), llegó hasta la presidencia de México.

En cambio, salvo excepciones, los músicos tuvieron que arreglárselas para vivir en condiciones precarias, expiando desde la marginación el idilio avandariano.